sábado, marzo 04, 2006

Su Tango 11


Su Tango
Capítulo Undécimo
Por Oscar García Chávez

Supongamos que la imposibilidad de fusión entre las entes abstractas que son María y Omar causa la disyuntiva. Parecerá que toda cuestión subjetiva tendrá sus raíces aquí, y tal vez así lo sea. Si la fórmula del objeto agonizante es cierta: “Muerte=Vida”, entonces no tendríamos razón para suponerlo, iría más allá del hecho. Así, por ejemplo, Alejandro sería el resultado de la interferencia bilateral; la pareja no se fusiona sino que parte de ella lo hace, de manera que expulsa al objeto-sujeto a la realidad. Pero a pesar del sentido aparente que tiene esta fórmula, no nos dice nada. En cambio, si nos sumergimos en el agitado mar de pensamientos de estos perplejos, podremos vivir con ellos la agonía y el sufrimiento.

-¿Por qué estoy dejando que un extraño me bese? -se preguntaba María, luego de ser sorprendida por unos tiernos labios ajenos. -Saber su nombre no lo hace un conocido.

Habría que definir el significado de “conocer” para discutir con ella. El caso es que no le importó y prolongaron el beso de tal manera que las manos de Omar, abrazándole la cintura, dejaron caer lentamente su cuerpo sobre la arena.

-¡No puedo creer lo que estoy haciendo! ¿Por qué lo hice? ¿Es esto amor a primera vista? Sus labios son lo más suave y tibio que los míos han tocado, esto no debe terminar. -pensaba Omar, alejando su rostro para verle el suyo y asegurarse de que no era el sueño lúcido que imaginaba.

-¿Te gusto? -quiso saber María; y Omar, perdido en el nítido reflejo de su inconsciente, le contestó con un beso.
-Te pregunté algo -insistió la mujer, indignada, creyendo que saber la respuesta le haría reconocer a Omar como algo más que un amigo.
-¿No es obvio? -manifestó el individuo.
-Eso parece, pero...
-María, las cosas que no puedo traducir a palabras te las estoy diciendo en otro lenguaje, uno más íntimo e inigualable. -versificó.

No hubo más palabrería, y ella comprendió perfectamente lo que quería decir, el lenguaje del tacto se tornó su medio de expresión. El vestido quedó a varios metros, y otras prendas más allá; y ambos, desnudos, se revolcaron por la arena con pasión. Los pensamientos ya no existían, el instinto se apodero de sus voluntades y llegaron más lejos de lo que en un comienzo imaginaron.


Segunda Parte del Capítulo Undécimo


Dos meses después, despertó una madrugada a causa de unas extrañas contracciones estomacales que le hicieron imperante levantarse y vomitar; no le sorprendió, de hecho, temía que algo así sucediera, pues un mes del periodo retrasado no es algo normal. No pudo regresar a la cama aquella noche, tuvo que salir y conseguir una prueba de embarazo para confirmarlo. Con la muestra de orina que pedían las instrucciones, obtuvo la respuesta que menos quería: Positivo.

-Omar, estoy embarazada -ya que no sabía cómo decírselo, llegó a la conclusión de que hacerlo lo antes posible era lo mejor, lo llamó por teléfono.
-¿Estás segura? -preguntó Omar, con una voz que aparentaba gran calma, pero el mundo lo aplastaba por dentro.
-Sí, ya lo sabía desde hace más de un mes, pero no lo quería creer ni aceptar, y por eso no me había hecho la prueba. Pero aquí la estoy viendo en mis manos, ¿ahora qué?
-¿Cómo que ahora qué? ¿no me amas? -la intentó calmar hablando de amor.
-Claro que te amo, pero ¿qué vamos a hacer?
-Casarnos, por supuesto.
-Eso pensé, pero tuve miedo, no sé por qué pensaba que...
-¡María, te amo! ¡Jamás te abandonaría, menos en una situación como esta! ¡No pienses eso!
-Gracias, hermoso. Te amo.
-Por ahora hay que dormir, voy temprano a tu casa para hablar bien.

No le colgó porque tenía sueño. ¡Niguno de los dos pudo dormir! María seguía teniendo miedo, podía notar algo extraño en aquella voz; y ciertamente Omar no amaba a quien creía haber engañado. Ya se empezaban a hartar el uno del otro y tuvo que pasar esto.


-¿Cómo me deshago de ella? -volvió a pensar Omar, asustado, ahora en su cama.

-¿Por qué no le dije que quiero un aborto? -se preguntaba María, con el alma desgarrada.

Oscar García Chávez

viernes, marzo 03, 2006

Su Tango 10


Su Tango
Capítulo Décimo
Por Oscar García Chávez

A él siempre se le veía en la biblioteca, no era como los demás. Alejandro, leyendo el diario de su madre, maduró mucho más rápido que sus compañeros. El orfanato mixto, un edificio alto y gris, con pocas ventanas y el patio sin plantas; pero siendo el director un ávido lector, llenó varios cuartos con estantería para sus libros. La vida del muchacho siempre fue un ir y venir entre esos oscuros y solitarios pasillos. Sus rubios cabellos eran lo único que iluminaba las paredes del lugar. Solía sentarse en el suelo para leer el diario de su madre todo el día.

Esa fue su niñez, no sabía nada de sus padres, lo habían abandonado. No ponía mucha atención en la escuela pero aún así siempre tenía el primer lugar. Nadie en la institución sabe de dónde sacó el diario, y menos la fotografía que lleva dentro.

Rosa, ella le gustaba mucho, nunca tuvo el coraje para decirselo. Tenía una cámara y siempre le tomaba fotos a escondidas, la niña emanaba más felicidad que ninguna otra, veía en ella lo que era María antes de conocer a su pareja. Era todo lo contrario a su madre luego de conocerlo, la que sufrió tanto para que el pobre Alejandro terminara en un vil orfanatorio, con un insulso y perplejo ideal del amor. Todos los niños relacionaban el nombre de Alejandro con una rosa, pero no por Rosa; sino porque siempre cargaba con una, era para su querida, nunca se la dió.

Segunda Parte del Capítulo Décimo

-¿Por qué estás aquí, Alejandro? -le preguntó una maestra, interesada en el nebuloso pasado del niño.
-Es mi destino, maestra. Diosito aquí me quiere. -dejó a la maestra igual de confundida, pero él comprendía perfectamente lo que estaba diciendo. Lo leyó por ahí en la biblioteca, y para él, los libros nunca se equivocaban.

Pero obviamente, no era sólo su destino estar allí, además de ser inevitable, existío una alternativa. La posibilidad que hubiera hecho feliz a María; pero que a causa de los planes egoistas de Omar, no pudo suceder.

El sábado 25 de Julio de 1998, a la una de la madrugada con quince minutos, Juan caminaba detrás de Omar, y buscaba exactamente lo mismo que él; pero Juan sí sabía de quién lo quería. No es necesario saber mucho sobre este hombre, basta con decir que conocía a María desde pequeño y sentía por ella lo que Alejandro por Rosa. Él sí llevaba horas caminando por la orilla de la playa, a diferencia de los minutos que Omar llevaba siguendo a su presa, se había salido de la fiesta minutos después de que llegó. No toleraba estar ahí, le torturaba ver a María, le atraía demasiado, pero era imposible decirselo, no por miedo... sino porque era su prima.

Juan y Omar tenían un parecido increíble, si los vieran caminando por la calle pensarían que son gemelos; pero ellos no se conocían, es solamente una coincidencia que se parezcan tanto, ¿o inevitable? Los dos altos y delgados, cabello negro y complexión recia, enjutos de rostro, la única diferencia era la frente, Juan la tenía más abierta. Los pensamientos de Omar son correctos: “Hubiera hecho lo que hicimos con cualquier hombre que se lo hubiese permitido.” María estaba dispuesta a hacerlo con cualquiera, no importaba quién fuera, no importaba si el otro hombre llevaba la misma sangre que ella por las venas.

Aunque eran familiares, si Juan y María se hubieran topado aquella noche, habrían encontrado lo que buscaban, todo lo que pasó sería distinto y en lugar de Alejandro en un orfanato... existiría Juanito, feliz en casa, con sus dos padres.

Para Omar eso no existe; “nada”, dijo él, pudo haberlo interrumpido. En su imaginación, las posibilidades son absurdos, imposibles.

Al ver a dos personas acostadas en la arena, Juan tuvo que regresarse, no quería molestarlos. Esos dos nisiquiera se percataron de su presencia.
--
Oscar García Chávez
Pintura de Fabian Perez

jueves, marzo 02, 2006

Su Tango 9


Su Tango
Capítulo Noveno
Por Oscar García Chávez

Imagino a mi madre, sola y nostálgica, escribiendo para nadie en aquel café. Ya sea destino, casualidad o elección... da igual, porque el dolor que siento al ver su fotografía, es más fuerte que toda esa mezcla de conceptos. La raíz de todas mis ideas es la misma por la cual mis padres copularon: quiero unirme con el universo, pero con cada minuto que pasa... voy cayendo en la cuenta de que son sólo excusas que acobijan esta fría soledad. ¡Me encuentro solo, en la misma ínfima situación que ella!

Traigo el destino a mi conciencia sólo cuando no le encuentro sentido a la vida, es un escudo anti-errores. Cuando niño, pensaba que mi nacimiento fue una equivocación, un accidente; luego conocí a Dios, y junto con él al hado, esa fuerza desconocida que obra irresistiblemente sobre todo el cosmos. Conociendo la función del sino sobre los hombres, nada es un accidente... y que María se haya dejado arrastrar sobre los granos de arena, sumisa a los simples movimientos de Omar, era sencillamente algo que nada podía detener. Interrumpirlo hubiera sido parte del sino; como no fue, héme aquí escribiendo una carta de repudio hacia mi propia existencia. La cual rechazo inevitablemente, o así parece, según esta manta quimérica.

Qué casualidad que estoy destinado a elegir... ¡vaya paradoja! Pero la casualidad sigue rigiendo a los dos últimos, a menos que elija por casualidad mi destino... lo cual creo que es distinto y a le vez lo mismo. Pero el tema siempre soy yo: el narciso. Esta fotografía la encontré en su diario, la usaba como separador, me da gusto que lo haya hecho. No puedo evitar sentir desasosiego al ver el rostro quemado de mi padre; pero a él nunca lo he querido ver.

¿Cómo no adorar mirarla, con sus extravagantes cabellos y siempre tan bien arreglada, aunque sea en blanco y negro? !Ella y yo somos lo mismo, soy la pieza que le faltaba, con el único que realmente se podía fusionar! Creyó a primera vista que era Omar, ¿cómo iba a serlo si no lo conocía?

Verla siempre me calma, cuando tomaron esa foto... yo ya existía, en ella parece haber solamente dos personas; pero hay tres. Era hermosa, tal vez haya sido un mes después del embarazo, y aun así no se nota indicio alguno de ello. No se alcanza a distinguir si mi padre es más alto, es por eso que a veces me molesta que la haya quemado.
Alejandro
--
Escrito por Oscar García Chávez
Pintura de Fabian Perez

Su Tango 8


Su Tango
Capítulo Octavo
Por Oscar García Chávez

De antemano sé que Romeo y Julieta se enamoraron al primer vistazo. A uno le atraían los gestos de la otra y se inventó una estrella, el ideal perfecto del amor. La otra igual, gentilmente le dió un beso con la mano.

Romeo
“If I profane with my unworthiest hand
This holy shrine, the gentle sin is this,
My lips, two blushing pilgrims, ready stand
To smooth that rough touch with a tender kiss.”
Juliet
“Good pilgrim, you do wrong your hand too much,
Which mannerly devotion shows in this,
For saints have hands that pilgrims´ hands do touch,
And palm to palm is holy palmers´ kiss.”

El beso insigne entre enemigos mortales me recuerda el dicho: “del odio nace el amor”. ¿Odiaba yo a María, mucho antes de creer que la amaba? Me atraía, eso es seguro, pero no la odiaba, ni la conocía. ¿Será entonces, que este amor, no nacido de la aversión, nos ha engañado a los dos?...
Milan Kundera habla del sentimiento que naturalmente nos atrae, Romeo le pide fidelidad a Julieta desde la primera noche. Esto no lo veo en relaciones modernas, la lealtad es inferida, y por eso luego se engaña tan fácilmente. Kundera escribe que la única base del amor se llama fidelidad, por eso lo relaciona con el peso. Un pilar llamado fidelidad sostiene todo aquello que engloba el concepto: “amor”. Si el pilar cae, la estructura se desploma. ¿Qué es el amor? ¿Es solamente lo nacido del rechazo? Porque si lo es... yo no amo a María, no quiero su fidelidad, y me niego a entregarle la mía. Estoy seguro que ella no me entregaría la suya, ¿acaso tiene razón para hacerlo? Tuvimos sexo; pero eso no es amor, ¿o sí?... El amor y el sexo son dos haceres distintos, aunque los confundamos. A como lo veo, uno es el deseo de completarse con otro ser; lo otro, la acción de completarse. Esto me lleva a pensar entonces, que lo que sentí por María comenzó como un anhelo, y terminó al saciarlo.

Su excusa siempre ha sido decir que me ama. La oigo repetir: “mar”, “luna”, “noche”, “romántico”. ¿Y yo? ¿Qué fui yo en ese paisaje? Hubiera hecho lo que hicimos con cualquier hombre que se lo hubiese permitido.

No era María lo que me faltaba, sino sexo; pero igual ella, directa o indirectamente sólo buscaba eso. Ahora sé por qué dude tanto al decir: “te amo”. Podría casi asegurar que no me quiere. ¡Yo no la quiero! ¿Cómo me deshago de ella?
Oscar García Chávez
Pintura de Fabian Perez

Su Tango 7


Su Tango
Capítulo Séptimo
Por Oscar García Chávez

Miércoles 9, Septiembre 1998


Voy apagando el tercer cigarrillo de esta mañana, desde que desperté quise contarte lo que ha pasado; pero tengo miedo de que Omar te lea, varias veces lo he visto con la intención de abrir tus páginas. Solía leerle pedazos, pero lo que he escrito estos últimos días le está prohibido saber, si lo supiera... me dejaría para siempre. Por eso tuve que venir a este café para escribir, le diré que te quemé.

El estúpido romance, finalmente me doy cuenta de su función, es una trampa. La traición de los propios sentimientos, lo que llevo dentro es el parásito que nació en aquel momento, lo que me estará recordarndo lo necia que fui, y soy. ¿Cómo podré vivir así? No sé si podré tolerarlo. Tengo la noción de que ya lo sabe, y que por eso ha estado irritable; si es por otra razón, entonces estoy perdida, porque sería la única otra opción: no me quiere y está pensando cómo deshacerse de mí.

No confío lo suficiente en Alicia como para decirselo, y guardármelo sería una auto-tortura. Cuando veo las cosas desde el ahora, mi acto parece una necedad; pero en aquel momento, no podía si quiera pensar en otra cosa, lo deseaba, lo quería dentro de mí.

Lo que ahora me pregunto es si lo deseaba a él especificamente. ¿Por qué él? Habiéndo tantos más... Ya te lo había expresado, fueron las coincidencias, todas las cosas importantes que ocurrieron a un mismo tiempo. La importancia, claro, motivada por esas vivencias tan interesantes de mi vida, como el relato del conocimiento de mis padres y esa soledad que al parecer jamás me abandonaría. Yo quería saber su nombre, por eso inicié la conversación, tal vez él tomaría las riendas de la situación pero lo dudo, ahora que lo conozco, sé que no era capaz. Su debilidad podría ser una razón más, el sentimiento de lástima que sentí al verlo caminando solo con esos pantalones mojados.

Pero ahora es demasiado tarde para andar buscando causas, el propósito de mi vida ya no es satisfacer y brindarle felicidad a Omar, sino a este parásito. ¿Cae la culpa sobre la trampa o sobre mí? La trampa estaba en mí, yo me la puse; pero no es lo que deseaba. Me dejé llevar. ¿Por qué él? ¿Y si él no aparecía?... Hubiera ido a llorar en la regadera del hotel. Analizándolo dos meses después, debí haber escogido la soledad; pero no elegí bien; el hombre, junto con el momento, encajaban perfectamente conmigo. Llegué al cielo pecando, es cierto. Lo más probable es que haya confundido la idea del paraíso con placer, y hacerlo con Omar fue sólo un oasis temporal. La pieza que le hace falta a toda mujer, el falo: nos llena el vacuo sagrado de la vida. En mi estado de nostalgia, deseaba la muerte, en aquel momento era preferible a lloriquear entre vapor y humedad. ¿Será la chispa del romance? ¿La fórmula sagrada? La muerte trae vida, así como la vida trae muerte. Cuando quise morir, algo me hizo crear vida. ¿Omar? ¿Las coincidencias? ¿El destino? ¿Dios? ¿Lo desconocido? ¿Etcétera? ¿Etcétera? ¿Etcétera? ¡Maldita sea! ¡Estoy confundida! ¡El parásito me impide morir, tengo que vivir por él, o ella...

Cuando llegamos del viaje y le conté a Alicia lo que pasó, me dió una cachetada por estúpida. Una multitud nos miró en el aeropuerto; pero le expliqué que sentía amor de verdad, repitió lo que soy y me dejó sola. No he vuelto a verla; aunque Omar viene todos los días a mi casa, aceptar su personalidad fue demasiado difícil. ¿Cómo aceptarlo si es un misántropo, así como él dice? Ese antisocial sólo tiene amigos muertos, porque no le gusta leer escritores vivos, los clasifica como basura orgánica.

Y ya no puedo dejarlo, aunque es lo que quiero, él y yo no encajamos bien. Físicamente hablando sí, pero me refiero a la metafísica, odio que ahora pienso como él, hasta el pensamiento me ha cambiado. Son dos sanguijuelas de las que no me puedo deshacer. No me chupan la sangre, sino la vida.
Pintura de Fabian Perez
Escrito por Oscar García Chávez

martes, febrero 28, 2006

Su Tango 6


Su Tango
Capítulo Sexto
Por Oscar García Chávez

Cuando la vió, su mente formó un sustituto, la representación de María, una mera idea. Su elaboración intelectual no le fue suficiente, era indispensable tenerla, ponerse en presencia del objeto y explorarlo. Debía tenerlo, tenerla; vivir con el, con ella. Recordó el ejemplo de “Erlebnis” que hizo Bergson. Sus ojos la señalaron, le dijeron: “ahí está”.Y el “da sein” le asotó la fantasía.

-Estar arrojado a la nada, sin nada, y de pronto “ello” se me presenta. Ese objeto, que a la vez es sujeto, con el cual puedo encajar. -pensó al verla.- Sólo faltaba que nos toparamos, siempre ha sido mío, mía. Juntarme con ella será el clímax de mi vida; pero separarme el fin. Ir no es un riesgo, el fin ya existe. Ir es lo único que puedo hacer y lo que estoy haciendo. -la miraba saliendo por la puerta giratoria.- Pero... ¿Se va? ¿A dónde? El sino me atrae hacia ella, mi voluntad no me acerca al objeto, el hado lo hace. ¿Pero... y esto que pienso? ¿También lo hace el hado?

Salía por la puerta principal, no tenía pareja para el baile de salón, todas sus amigas estában adentro, la habían olvidado, ellas sí tenían a alguien. Esos objetos, también sujetos, bailaban el vals, el tango; pero el sujeto agonizante, María, sentía tal ardor en el pecho que sólo salir del lugar la calmaría.

-¡Qué me importan ellas! ¿Qué hay de mí, de mi “amor”? ¿Dónde lo encuentro? -pasaba por su mente mientras salía a la calle y sentía inmediatamente la humedad del exterior- Allí dentro todo el mundo tiene pareja, menos yo; no tengo nada que hacer allí. -caminó sin rumbo durante cinco minutos, hasta que vió un callejón, el mismo por el cual un día anterior se había metido con sus amigas para llegar más rápido al hotel. -¡Mira nomás! No pensé que estuvieramos tan cerca del hotel, mejor me voy caminando. -se dijo, colgando y guardando el teléfono celular, que antes marcaba a una compañía de taxis.

Omar, detrás, sabía que ese callejón va directo a la playa.

-Que haya entrado ahí significa sólo una cosa, va para los hoteles. No creo que gire a la izquierda porque para allá está la parte más peligrosa de la ciudad. He aquí mi oportunidad, ¿o las circunstancias impuestas por el hado, el sino, el destino? ¿y mis pensamientos? ¿esos también son producto del sino? -se preguntaba nuevamente, no encontraba respuesta.- Si corro puedo alcanzarla del otro lado, parecerá que venía caminando desde hace rato, pensará que estoy solo, buscando a alguien y eso le gustará.

Corrió, entro por el otro callejón, que estába a una cuadra más delante. Sigilosamente se asomó para asegurarse de que María no lo pudiera ver, se quitó los zapatos y se lanzó para el mar. Se mojó los pantalones y caminó para donde María caminaba hacia él. He aquí el cazador, Omar, estratégicamente se procuró un encuentro con ello, ella.

-¡Qué hermosa luna! ¿Qué secretos guardará que no comprendemos? Quisiera que se llevara mis heridas, espero... espero... ¿qué espero? -la melancolía se apoderaba de María. -¡Oh, no otra vez! ¡No quiero llegar al hotel a llorar! No podré dormir... otra vez...

La luz del Omar comenzaba a entrar por el iris del objeto agonizante. “¡DON GIOVANNI, A CENAR TECO M´INVITASTI! - l´ultimo momento – ora attacco” La ópera de Mozart invade al universo. ¡La magia existe! Si lo que sintió María no es la ciencia oculta con que se pretende producir resultados contrarios a las leyes naturales, magia, entonces dejémoslo simplemente como parte del estar: “medio-encadenados”.

Omar no mintió, pero ahora eso parece, que la engañó. Le mintió a María, pero no a palabras, sino con acciones. Se le presentó como una casualidad, aunque era todo un plan estratégico del hado, ¿o de Omar?... Sí, eran los únicos dos en la playa, pero porque Omar así lo quiso; venía de la misma fiesta que ella, la razón: la siguió; lo único que él no decidó en el momento fue la luna llena, el mar, su nombre tan parecido a la palabra “amor” e igual al del progenitor y el número de cuarto. Todo eso lo procuró el inconsciente de María, entró en el callejón esperando que se repitiera la historia sus padres. La emocionaba tanto cuando se la contaban, de niña, el sujeto agonizante lloraba al escuchar ese relato de la boca de su madre. La mezcla de inconscientes les brindó aquella increíble combinación de circunstrancias, las únicas propicias para el amor.

María se entregó porque le pareció perfecto el momento, lo que ella no sabía y nunca sabrá es que la mitad de ese momento lo ocasionó Omar, a propósito. La pobre muchacha se ha enamorado del momento, no de Omar.
Por Oscar García Chávez

lunes, febrero 27, 2006

Su Tango 5


Su Tango
Capítulo Quinto
Por Oscar García Chávez

Sabemos en qué termina la relación de Omar y María: Alejandro. Aclaré que hay un sin-número de filtros oculares. El hijo vé con dos; Omar y María con uno cada cual. Los tres están perdidos en su subjetividad. Son sólo dos simples conceptos; uno es el encadenamiento; otro la libertad total. El hijo tiene razón cuando dice: “Es una coincidencia que este sea mi destino.” Estámos, como todo lo demás: con la libertad limitada, medio-encadenados. Queda claro que coincidencia no es la antítesis del destino. Muchos conceptos todavía no son descubiertos ni pensados. Están ahí pero no han sido identificados.

Aquella noche, aparece la luna representando a los astros. Por ella existen las corrientes marítimas, y los hombres estámos hechos de agua. El satélite, en parte, los obligó a desatarse de la moral, he allí la razón por la cual María se queja: “no me educaron así”.

Omar sabe de antemano cómo piensa María, y ella sabe cómo piensa él. ¿Por qué se atormentan tanto? A María le molesta lo que piense de ella en un principio. ¿Por qué se enamoró de él?

“Aunque él no lo haya notado... éramos los únicos dos en la playa, estoy segura. No sé si venía de la misma fiesta que yo, pero iba vestido formal, igual que yo...” Está claro que busca conctarse con él de todas las maneras posibles, o sea, que la mujer, al ver a un hombre que le parece atractivo, el pensamiento que viene después es: “¿qué me conecta con él?”. Este pensamiento puede no ser necesariamente consciente, pero sí sucede.

Todo lo que escribe María es una búsqueda interminable de conexiones, anhela encajar a la perfección con lo que vé. Desea ser una con él; pero sin dejar de ser ella misma: por eso duda. Su padre se llama igual que su futura pareja. “Anoche lloré antes de caer en sueño, no debí haberme entregado tan rápido; no me educaron así. Pero eran demasiadas coincidencias...” No mencioné que los dos estában pasados en copas, y si el inconsciente está más cerca de nosotros cuando ebrios, entonces aquí las entrañas mentales de María nos demuestran que sólo por las coincidencias encontradas se dejó llevar.

El temor nace porque las piezas del rompecabezas quimérico no encajan: “ha de pensar que soy una puta. ¡Por eso me siento arrepentida! Sólo por eso, todo lo demás lo repetiría eternamente.” Si Omar pensara que María es una puta y se lo hiciera saber, ésta quedaría destrozada, su corazón se rompería en tantos pedazos como la ceniza de sus cigarros. El no conectar perfectamente es la raíz del temor.

Su discurrir termina en celos, coraje, duda e incertidumbre. Tiende a la conexión perfecta, se arriesgó esa noche al confiar en las circunstancias que se le mostraron.
Segunda Parte del Capítulo Quinto


No podemos saber si los astros rigen nuestro comportamiento, parece absolutamente absurdo creerlo, pero siendo la vida y existencia un misterio; no nos queda otra opción además de intentar enamorarnos del universo entero, tratar de ser uno con el. Igual que María busca encajarse con Omar, nosotros queremos cuadrar con lo que vemos, de ahí nace lo siguente: dolor, duda, angustia, temor, desesperación, coraje, arrepentimiento; sólo un objeto cuadra con el sujeto. Entiéndase esto: Un hombre sólo puede enamorarse de una mujer porque es el único objeto con el que puede encajar; una mujer únicamente puede enamorarse de un hombre porque es el único objecto con el que puede cuadrar.

Dentro de los sueños, todo está pefectamente armado. En ellos, el rompecabezas quimérico está terminado. Esa es la razón por la que Omar compara la aparición de María con un sueño lúcido. Siente que hay una diferencia entre ese momento de su vida y los demás únicamente por lo mismo. Toda su vida, este hombre ha intentado encajar con el universo, y su manera de hacerlo es leyendo. Cree de alguna manera que los autores del pasado se han fundido con el universo al terminar sus obras maestras: “la biografía de Dante, lo que sintió cuando vió a Beatriz por primera vez.”

Omar tiene que comparar sus experiencias con lo que ha leído para sentirse tranquilo: “Cuando ví que se metió por el callejón que da a la playa supe a dónde iba, recodré “El Extranjero” de Albert Camus, en lugar del sol estába bajo la luna y había una brisa agradable, no aquél calor desagradable que vivió Mersault”

“¿Qué significa esta transparencia mental?” -se preguntó. La respuesta, a la que jamás tendrá acceso, es esta: El sujeto se ha ajustado al objeto, al único posible.

María no es la única que siente miedo a la unión incorrecta: “espero que no sea ese tipo de mujer.”
Oscar García Chávez
Pinturas de Fabian Perez.

domingo, febrero 26, 2006

Mierda de Quetzal

"He esperado semanas para publicar este relato, el autor me dejó leerlo cuando apenas tenía la mitad escrita y me gustó demasiado. Le dije que lo terminara, pero al parecer la intermitente presión que constantemente le ponía se lo impidió, lo digo porque se tardó semanas en re-abrir el archivo para continuar. Tuve que decirle que la inspiración es 99% sudor y lo que resta es mentira; pero al fin comprendió y felizmente me lo mandó. Espero que lo disfruten tanto como yo. El increible sarcasmo y cinismo del proto-agonista (el primero que agoniza), la manera de relacionar los pensamientos con lo universal y la impresión final de un eterno retorno son sólo unas de las tantas cosas que mi amigo escondió, o eso quiero creer. Dejémoslo a la interpretación de cada quien." Oscar G. Chávez

Mierda de Quetzal.
Por David Verástegui Erosa

En un día de verano… precipitadamente me levanté, sacudí mis manos sin dirección alguna y percaté una masa espesa y gelatinosa en mi cabeza, sí, era aquella mierda de Quetzal que me cayó en la cabeza, qué si mi razón no me engaña no fue más que un sueño, ¿o fue verdad? Pero, ¿qué distingue la imaginación de la realidad? Pues la imaginación es el dato sensible del objeto; pero la realidad… la realidad… esta es… no tengo ni la remota idea de lo que es, por lo tanto la cagada en mi cabeza ya no sé si está físicamente o es un producto de mi ensoñación.

Vagamente recuerdo el estruendoso aletazo del ave a poca distancia de mi cabeza y la indiferencia que mostré, tal sacrilegio, indiferencia al ver a un quetzal volando a pocos centímetros de mi cabeza y peor aún, en medio de la jungla industrial, y que su pérfido desecho estomacal cayera justo arriba de mi nuca, esto si es algo jamás visto. ¿Será una alucinación? Pero ¿Y si fue verdad? Si mal no recuerdo, San Anselmo dijo que todo pensamiento vivido es realidad; entonces es posible que aquella mierda que cayó justo encima de mi cabeza sea verdadera, si la realidad se crea a través de los pensamientos esto es una afirmación.

Tomaré un baño, no vaya a ser que se pudra esta insolencia en mi cabeza. ¡No, no! ¡Mejor no me baño! ¿No será que es de buena suerte? Es posible que la veleidosa fortuna esté a mi favor o ¿es un presagio de las parcas, hilanderas de mi vida, para advertirme sobre mi cercana muerte? o ¿por qué no descartar la posibilidad que debido a la escasez de laureles en este desierto, los sempiternos dioses me apremien con el desecho de un ave de tal magnitud? Preferible no bañarme y conservar intacto este áureo trofeo en mis hermosos cabellos.

Me vestí sin protocolo alguno, los viejos mocasines cafés, un pantalón azul marino deshilándose de la parte inferior del encuarte, mi camiseta preferida de cuadros verdes y mi nuevo jersey que me regaló mi tía hace unos meses. Salí a la calle, a una cuadra de mi casa recordé que olvidaba mi gorro, solté un pequeño gemido de insatisfacción pues en los últimos días mi cabeza estaba en todo menos en lo que debía pensar. La señorita que caminaba a mi lado volteó su cara y con gesto de admiración y repugnancia dijo: -"¿Está usted loco? ¡Que asco de cabello, parece que tiene moho!"- A palabras necias oídos sordos -pensé, por supuesto que no respondí. Rebajarme al nivel de esta pobre pequeña sublunar que nunca entendería un mensaje de Tonantzin, sería una pérdida de tiempo. Invertí mi regreso a casa, y al girar la perilla de la puerta recordé que mi trofeo no debe de ser aplastado por un gorro, -mejor dejarlo intacto- me dije en voz baja, -no vaya a ser que el alma transmigratoria de Gautama haya reencarnado en este objeto consistente y se enfade conmigo si cometo alguna estupidez-. Me froté delicadamente el cabello y sentí una masa rara, indescriptible con palabras. Olí mi mano y descubrí que “eso” seguía en su lugar. -¡Es verdad!- grité a los cuatro vientos -¡es verdad!- Mis sentidos no me engañan ¿pero qué es verdad si no lo que no es mentira? ¿y la mentira? ¡Ah sí! Mentira son aquellos discursos mareadores de los gobernantes, pero la “verdad” no sé qué es y tampoco puedo definir la mentira. ¡Estamos a mano! Guardé las llaves en el bolsillo y proseguí mi camino.

Gente por doquier mirándome. ¿Por qué será que todos juzgan a los demás? ¿no tienen vida propia? Parece que no han observado en un espejo lo desagradable que representan sus vacuos ojos que no hacen más que criticar las actividades ajenas, ¡bah! Lo que piensen de mí me tiene sin cuidado. Si don Juan Matus no se equivoca, la importancia que nos damos debe ser eliminada; es un disfraz, una autocompasión, miedo a la autenticidad. Un guerrero no mantiene conductas débiles y por consiguiente lo que piensen de mí me es total y absolutamente indiferente. Son trivialidades de la gente común y corriente que buscan ansiosamente sus vidas perdidas en las inmundicias comerciales. ¡Y todavía se atreven a decirme que estoy loco! No puedo creerlo, me enferma tanta incredulidad. En fin, no tengo por qué gastar mi tiempo en pensar en las pobres y desdichadas vidas que me rodean.

El día estaba despejado, a pesar del desagradable humo que desprenden las viejas fábricas de la ciudad. Me dirigí al parque que está frente a la panadería, pues ahí me encontraba con Don Valentín de vez en cuando; el viejo que nadie entiende, su andar extravagante, su vocabulario rimbombante y su peculiar estilo de vida no es bien visto por la muchedumbre. Testifican que es un parásito social. Caminando por la acera los pensamientos sobre mi trofeo me perturbaban. No sabía el verdadero significado, cabe la posibilidad que Alá, metamorfoseándose en caca, quisiera que me sacrificara por un bien común, una idea un tanto incoherente, yo a Alá nunca le eh interesado, aparte que no pertenezco a su cultura. Creería más que el espíritu concupiscente de Cleopatra quiere cometer actos lascivos conmigo, o ya entrados en lujuria, que un íncubo libidinoso, deleitándose por mi belleza inigualable decida desposarme esta noche. Son demasiadas ideas las que corren por mi mente y creo que entre la imaginación y la realidad hay un trecho que no he podido comprender.

Una señora gorda, de edad avanzada, ahobachonada en una mecedora afuera de la ferretería de doña Martha no me quito la vista de encima, sentí profundamente su mirada cosificándome. Le dirigí un cortés saludo mientras ella sin gesto alguno no me quitó los ojos de encima. -Vieja desagradable- dije hacia mis adentros, -que las palabras sutiles duermen en oídos tontos- repitiendo las palabras del magnífico Hamlet. Proseguí mi camino rumbo al parque, buscando un quetzal, aunque era más que obvio que no existía tal especie en esta región; me senté en una banca y observé durante un rato el armonioso andar de las mujeres, había de todos los tamaños, colores y sabores, andando incitosamente de un lado a otro. De Pronto casi como en sueños vi frente a mí a una diosa griega, ¡Sí! Una diosa con aspecto de mortal, ¡Oh, Fortuna, Fortuna! ¡Veleidosa Fortuna! Daría mi vida entera por tan sólo un instante con esa diosa, es perfecta toda ella, me desploma el alma. ¡Bah! para qué soñar, sólo los pensamientos vividos son verdaderos. Seré un poco más objetivo, esa Afrodita jamás pondrá sus ojos en mí, mejor sería abandonar la idea. Pero la objetividad de qué me sirve si puedo ser subjetivo. Un poco de astucia a mi vida no causaría ningún disturbio.

-Muy buenos días buena mujer.- pronuncié con mi mejor entonación aunque disimular mis nervios fue imposible, claro es que ella percató el temblor de mis manos en la insolente porfía. Reaccionó a mi llamado clavando su mirada en mis ojos y pronunció después de un instante: -Buen día caballero, ¿Qué deseáis?– Mis rodillas tambalearon. Su voz era como los melodiosos cantos de los arcángeles: Suave como la espuma del mar pero tan fuerte como los muros de Jericó. ¡Loado sea el señor misericordioso! Esta ninfa es hermosa, sus ojos verdes como las praderas y su divina figura representando al Olimpo rebasan los límites humanos, es tan bella que sería inútil describirla con palabras. Creo que voy a perecer como Sémele frente al deiforme Júpiter. -Tan sólo suplícole que reciba mis plegarias con aprecio pues fue Cupido el que ha flechado mi corazón al verla balanceándose con perfecta armonía… ¿Le gustaría entablar conversación con este, vuestro humilde caballero?- Soltó un risita provocadora que dió cabida a mis perversas interpretaciones -Claro que sí caballero, muy amable de vuestra parte.- ¡Cortéjala!- Repetía mi inconciente -¡Cortéjala!- Ya para este momento mi corazón había cesado la agitación y mis nervios desaparecieron por completo.
-Querida…-
-Caballero os disculpo, faltó presentarme; mi nombre es Elena.-
-Querida Elena, le apetecería ir a mi casa que es vuestra también, a disfrutar de un agradable momento íntimo, si no es molestia para vos.- Frunció el ceño en señal de confusión, por lo tanto me di cuenta de que así no se procedía con una dama, entonces cambié el rumbo de mis palabras. -¿Cojemos?- dije sin más alarde. Se mostró excitada tras fantástica galantería y decidida a continuar con el cortejo dijo así: -Por supuesto que sí buen caballero, son vuestros deseos lo que yo más quiero en este momento.- Como un Campeón estaba dispuesto a partir junto a mi dama de compañía cuando de pronto Don Valentín con una cara de asombro me tocó el hombro izquierdo.
-Cuando yo era chico solía hacer lo mismo, hablar solo es el mejor medicamento para el alma.-
-Pe.. pe.. pero… ¿Y El.. Elena…? -Tartamudeé mirando a mi alrededor sin esperanza.
-¡Ah! Ya lo veo mi venerable, creías haber estado charlando con alguien. Suele pasar, necesitas tener más contacto con el mundo pragmático, si no el limbo te succionará, perdido entre el aquí y el allá.
-¿Qué es la realidad Don Valentín?-
-Decírtelo no podría, pero la siento correr por mis venas.-
-¿Qué tengo en la cabeza?-
-Muchas cosas, eso depende de lo que tú quieras tener.-
-¿Tengo excremento de pájaro?-
-Mucho, si no te limpias te vas a perder…-

Me despedí del anciano haciendo una reverencia. Sus pláticas me dejaban siempre igual o más confundido que antes. Corrí hasta mi casa, no quería hablar ni ver a nadie. Necesitaba pensar, pensar en todo lo que me había pasado y escribir lo ocurrido. Me vi en el espejo durante un tiempo; dientes, anteojos, orificios nasales, cabello hirsuto. ¿Es esto lo que soy? ¡Un reflejo! ¿Simples ideas e imágenes características que me distinguen de los demás? Me observaba y claramente veía la deyección del quetzal, luego pensaba que no la tenía y notaba mi cabello despeinado libre de cualquier objeto ajeno. Me lavé la cara; repetí contadas veces lo anterior y lo mismo ocurría. -¡Te estas volviendo loco!- decía una vocecilla en mi interior -¡Te estas volviendo loco! ¡Maldito venático!- Caso omiso a ideas tontas, pensé. Volví la mirada al espejo buscando algo más que la imagen, quería ver mi alma, pasaron uno, tres, cinco minutos y el insípido reflejo seguía igual, solamente mis ojos entrecerrados suplicando dormir. Devastado quedé, no sabía distinguir la realidad de la imaginación. Me fui a la cama a pensar un rato, hasta quedar profundamente dormido. Y la almohada intacta por algún excremento, igual que siempre terminó.
Por David Verástegui Erosa
Pintura de Goya

Su Tango 4


Su Tango
Capítulo Cuarto
Por Oscar García Chávez


El destino y la casualidad; para el sentido común son conceptos opuestos aunque sean complementarios. No hay uno sin el otro, de la misma manera en que no hay arriba sin abajo. La proa visionaria de Omar, en aquella reunión, se afanó por raptar la belleza y el ideal que había formado de María cuando la vió. Usó sus conocimientos psicológicos como los artilugios de Don Juan Tenorio. La relación nació en el momento que la mirada del hombre cayó sobre la mujer. Ahora, ¿cayó la mirada por destino o coincidencia? Primeramente, el hado tuvo la culpa. Pero a la vez fue una coincidencia. Al verla, todo lo que aconteció después era inevitable; y así, como fue la fiesta, verla era inevitable. Ser invitado a la fiesta era inevitable. ¿Y si es inevitable dónde queda la coincidencia? Porque si no se puede evitar entonces es obra del destino... Inumerables signos la revelan.

Me llamo Alejando, todavía no te voy a decir quién soy... lee lo que tengo en mi mente.

Si hubiera sido una mera coincidencia que María apareciera en la visión de Omar, entonces éste tenía la oportunidad de decidir qué hacer al respecto. Se entiende que decidió seguirla y aparecer frente a ella en la playa; pero ponerlo en ese lente sería olvidar el hado.

Omar no pudo hacer otra cosa. Omar no pudo faltar en la reunión, puesto que estuvo. María no pudo no aparecer ante Omar porque lo hizo. Estas cosas, viéndolas como pasado desde el futuro parecen coincidencias inevitables e incuestionables. Para contrarestar el efecto provocado hagamos esta pregunta: ¿Qué tal si Omar, al ver a María, hubiera decidido alejarse llorando de la fiesta?

Tal vez Omar era un tímido muchacho, incapaz de entablar conversación con otra mujer; y cuando la vió, no pudo hacer otra cosa que sentirse débil, sentirse un fracaso por el hecho de que la deseaba enormemente y le era imposible tenerla.

Eso es una posibilidad, o eso parece... ¿Cómo puede ser eso una posibilidad si no ocurrió? Esa cuestión lo cambia todo, ¿no? La relación entre María y Omar ahora se presenta como un inevitable porque la única verdadera posibilidad era que pasara lo que pasó, y ninguna otra cosa era posible, simple y sencillamente porque ninguna otra cosa pasó.

Esta es la batalla entre objeto y sujeto. Viéndolo desde la Física: Omar y María son átomos. Omar es un conjunto de átomos que se mueve de aquí para allá y María otra nube de moléculas que va de allá para acá.

En el cielo, las nubes que vemos, chocan. En la supercifie de la tierra, las nubes de átomos también chocan. Si Omar es una nube y María también... ¿Por qué chocaron? El viento hace que las nubes choquen, diría alguien. ¿Hay entonces un “viento” que junta a las personas también? Viéndolo desde el otro lado del telescopio... ¿Qué mueve entonces a ese “viento” que junta a las nubes? ¿Y qué mueve a lo que mueve al “viento”? Arthur Schopenhauer diría que el tiempo y el espacio juntan a las nubes del cielo, y que la voluntad junto con el tiempo y el espacio a las personas, o nubes terrestres. El sacerdote con el que me confesé ayer diría que Dios lo mueve todo y Sócrates nos diría que no sabe nada. Sócrates termina siendo el más sabio, queda claro, aunque nos deja con la cuestión todavía, no responde nada. Cualquiera puede contestar el tan famoso: “Sólo sé que no sé nada.” Incluso un idiota.

Pero no olvidemos al sujeto. Porque esto era la batalla entre objeto y sujeto. Dijimos que María y Omar eran nubes de átomos y que debían colapsar inevitablemente; pero no son nubes. Son objetos, claro está; pero están conscientes. O eso parece...

Si grabamos con una cámara de video una botella de vidrio con diez canicas adentro siendo agitada. Cuando veamos el video en cámara lenta sabremos que la acción de agitar la botella movió a las canicas y las hizo chocar. Teniendo el video, un Físico podría hasta predecir qué canicas van a chocar con qué y cuáles no. ¿Se puede hacer eso con la humanidad a gran escala? No quiero ni imaginarlo...

Si estas canicas estuvieran conscientes... si fueran personas con una mente, ¿qué cambiaría? El Físico diría que nada, las canicas debían chocar debido a la reacción. Pero cuando le digamos al Físico: ¿y tú, estás pensando por una reacción? Tal vez dirá que la reacción es por la pregunta de las canicas, pero eso no es todo lo que el Físico puede hacer, no es la única reacción que da porque es una persona, ¿o una canica?

El sujeto somos nosotros, los objetos también somos nosotros. Chocamos por culpa de algo. Pero... no olvidemos esto: los pensamientos.

Si estas canicas estuvieran conscientes es obvio que pensarían y hablarían, y al chocar se dirían cosas como: “te amo”; “te odio”; “hazte para acá”; “hazte para allá”. El problema que enfrentan las canicas es que no importa lo que piensen y digan: van a chocar sólo con quien tienen destinado chocar, no con quien planeen o piensen chocar. La cuestión mayor está aquí: ¿Son los pensamientos parte del destino también?

Soy el hijo de Omar y María, Alejandro. Las canicas no se multiplican cuando chocan, pero los humanos sí. Por eso me pregunto todo esto, porque si no es destino que esté aquí tampoco es coincidencia, es una mezcla inseparable de los dos. En otras palabras: es una coincidencia que este sea mi destino. O: mi destino es una coincidencia. A menos claro que todos los destinos sean uno solo y la botella, las canicas y el universo sean uno solo y nunca se muevan. Pero no iré más allá.

Yo, que estoy en el futuro, puedo contarte el pasado; pero tú, que estás en el pasado, no puedes saber nada del futuro.
Pintura de Fabian Perez
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