Fúmate un cigarro

El esponjoso cilindro se sostiene entre mi dedo índice y pulgar. Pongo parte en mis labios; mientras, con la mano izquierda me procuro un encendedor. Lo enciendo. Junto el fuego con la otra punta del cigarrillo, allí donde la hoja envuelve tabaco. No escucho cómo se quema, me concentro en aspirar, atrapo humo que buscaba escaparse en la boca; sin embargo, no es hasta que desprendo el tubo de la misma que siento su sabor. El extremo desprende un hilo de sustancia que la gravedad no logra atraer, sube hasta dividirse, y forma ondas que pronto desaparecen. Sostengo el filtro, despido al carbono con un beso que me roba el aliento.
-«¿Por qué lo encendí? ¿No es esto un menguador de la vida? Sólo es uno, y el primero en todo el día. Mañana no fumaré... Sí, mañana esta absurda preocupación de lo dañido desaparecerá.» -pensé.
No titubeo en raptar otra nube tóxica; a cambio, sólo le pido su existencia. Cierro mis ojos.
-«Sólo ciegamente se disfrutan este tipo de cosas, aunque el sabor me disgusta y repugna... hay algo mayor que me atrae.»
Comienzo a separar pausadamente mis párpados cuando exhalo, y al terminar están abiertos por completo. Debo deshacerme del largo tubo de ceniza, lo agito contra el cenicero. Al ver aquel pedazo amarillo y esponjoso que sale de la punta, se me antoja nuevamente llenarme de nicotina y así lo hago con una aspiración automática e involuntaria.
-«Voy a sostener más tiempo el humo.»
Mi respiración rescata al humo de su jaula orgánica, alargo el labio inferior y suelto un soplo tardío. Intento aventar una dona de gas pero me falla. Deshecho ese polvo gris y me decido aplastar el rollo en honor a su extinción. El cigarro se dobla, pone una gran resistencia pero su poca flexibilidad termina quebrándolo. Sigue liberando la mezcla que produce su combustión, lentamente se va suspendiendo esa transformación de partículas.
-«No debí haber fumado.»
Camino hacia el bote de basura en la cocina y un perverso bostezo me obliga a juntar los párpados, vuelvo a sentir el intenso sabor en mi paladar. Llego al basurero, tiro las cenizas y me siento indignado; pero de una vez meto también el cenicero.
-«Así mañana evito buscarlo para fumar... ¿A quién engaño?»
Sin condición alguna lo dejo en el fregadero.
