Su Tango 10

Su Tango
Capítulo Décimo
Por Oscar García Chávez
A él siempre se le veía en la biblioteca, no era como los demás. Alejandro, leyendo el diario de su madre, maduró mucho más rápido que sus compañeros. El orfanato mixto, un edificio alto y gris, con pocas ventanas y el patio sin plantas; pero siendo el director un ávido lector, llenó varios cuartos con estantería para sus libros. La vida del muchacho siempre fue un ir y venir entre esos oscuros y solitarios pasillos. Sus rubios cabellos eran lo único que iluminaba las paredes del lugar. Solía sentarse en el suelo para leer el diario de su madre todo el día.
Esa fue su niñez, no sabía nada de sus padres, lo habían abandonado. No ponía mucha atención en la escuela pero aún así siempre tenía el primer lugar. Nadie en la institución sabe de dónde sacó el diario, y menos la fotografía que lleva dentro.
Rosa, ella le gustaba mucho, nunca tuvo el coraje para decirselo. Tenía una cámara y siempre le tomaba fotos a escondidas, la niña emanaba más felicidad que ninguna otra, veía en ella lo que era María antes de conocer a su pareja. Era todo lo contrario a su madre luego de conocerlo, la que sufrió tanto para que el pobre Alejandro terminara en un vil orfanatorio, con un insulso y perplejo ideal del amor. Todos los niños relacionaban el nombre de Alejandro con una rosa, pero no por Rosa; sino porque siempre cargaba con una, era para su querida, nunca se la dió.

Segunda Parte del Capítulo Décimo
-¿Por qué estás aquí, Alejandro? -le preguntó una maestra, interesada en el nebuloso pasado del niño.
-Es mi destino, maestra. Diosito aquí me quiere. -dejó a la maestra igual de confundida, pero él comprendía perfectamente lo que estaba diciendo. Lo leyó por ahí en la biblioteca, y para él, los libros nunca se equivocaban.
Pero obviamente, no era sólo su destino estar allí, además de ser inevitable, existío una alternativa. La posibilidad que hubiera hecho feliz a María; pero que a causa de los planes egoistas de Omar, no pudo suceder.
El sábado 25 de Julio de 1998, a la una de la madrugada con quince minutos, Juan caminaba detrás de Omar, y buscaba exactamente lo mismo que él; pero Juan sí sabía de quién lo quería. No es necesario saber mucho sobre este hombre, basta con decir que conocía a María desde pequeño y sentía por ella lo que Alejandro por Rosa. Él sí llevaba horas caminando por la orilla de la playa, a diferencia de los minutos que Omar llevaba siguendo a su presa, se había salido de la fiesta minutos después de que llegó. No toleraba estar ahí, le torturaba ver a María, le atraía demasiado, pero era imposible decirselo, no por miedo... sino porque era su prima.
Juan y Omar tenían un parecido increíble, si los vieran caminando por la calle pensarían que son gemelos; pero ellos no se conocían, es solamente una coincidencia que se parezcan tanto, ¿o inevitable? Los dos altos y delgados, cabello negro y complexión recia, enjutos de rostro, la única diferencia era la frente, Juan la tenía más abierta. Los pensamientos de Omar son correctos: “Hubiera hecho lo que hicimos con cualquier hombre que se lo hubiese permitido.” María estaba dispuesta a hacerlo con cualquiera, no importaba quién fuera, no importaba si el otro hombre llevaba la misma sangre que ella por las venas.
Aunque eran familiares, si Juan y María se hubieran topado aquella noche, habrían encontrado lo que buscaban, todo lo que pasó sería distinto y en lugar de Alejandro en un orfanato... existiría Juanito, feliz en casa, con sus dos padres.
Para Omar eso no existe; “nada”, dijo él, pudo haberlo interrumpido. En su imaginación, las posibilidades son absurdos, imposibles.
Al ver a dos personas acostadas en la arena, Juan tuvo que regresarse, no quería molestarlos. Esos dos nisiquiera se percataron de su presencia.
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Oscar García Chávez
Pintura de Fabian Perez
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