Su Tango - Final

Su Tango
Por Oscar García Chávez
Capítulo Duodécimo
Sábado 25, Abril 1998
Voy despertando, fue niño, me advirtieron las enfermeras: “Si es niño, te ponemos en un cuarto azul; si es niña, en uno rosa.” Debí haberme desmayado cuando terminó todo, fue más de lo que mi cuerpo podía tolerar. Con el corte del cordón umbilical, mi hijo comienza su proceso de individualización. Aún no sé la hora exacta en que nació, dentro de poco tiempo vendrán a decírmelo. Sentí unas contracciones dolorosas cada 2 ó 3 minutos, tenía unos deseos increíbles de empujar; fue lo más extraño que he sentido hasta ahora. Toda mi vida tuve la curiosidad sobre el dolor de parto, es algo totalmente indescriptible. Es una lástima que Omar no haya estado para presenciarlo, pero ahora está ahí sentado, me está viendo escribir pero claro que jamás podrá leer lo que hay escrito aquí. Su nombre será Alejandro, de ninguna manera llevará el nombre de su padre. Ahora vienen con mi hijo, más tarde te describiré todo con más detalle.
Capítulo Decimotercero
Nos casaríamos dos meses luego del parto... así lo habíamos acordado. Tengo miedo, no sé si deba hacerlo; pero es tan fácil... La puerta está abierta, sólo debo atravezarla y caminar sin voltear atrás. Es que no la amo, en verdad que no siento nada por ella, esta es la oportunidad perfecta para escapar, estoy seguro de que podrá cuidar del niño sola. Eso ha de estar escribiendo ahora, “fue niño”, se lo merece; para eso nació la mujer, para engendrar. Yo, en cambio, no puedo soportar perder mi libertad, no puedo concebir una vida esclavizado a eso. Esta es la respuesta, así me deshago de ella.
Capítulo Decimocuarto
María, el objeto-sujeto desechó al resultado de su media-fusión con Omar. Durante el parto, no pudo evitar recordar el momento en que lo conoció, cómo desde ahí, todo cambió. Creyó haber estado enamorada, pero no fue más que un necio deseo que caprichosamente cumplió. Chamfort explica el capricho de las mujeres: “Están hechas para comerciar con nuestras debilidades y con nuestra locura, pero no con nuestra razón. Existen entre ellas y los hombres simpatías de epidermis y muy pocas simpatías de espíritu, de alma y de carácter.” Toda su belleza reside en el instinto del amor que nos empuja a ellas. Pero encubrir con astucia sus intenciones es lo mejor que pueden hacer. El disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en todas ocasiones como un animal atacado el defenderse al punto con sus armas naturales.
Lo que sintió Omar se reduce a esta máxima de Arthur Schopenhauer: “Quienquiera que esté enamorado, una vez obtenido el placer, experimentará una extraordinaria desilusión y quedará atónito al comprobar que lo anhelado con tanto ardor produce lo mismo que cualquier otra satisfacción sexual, con lo que no se ve muy beneficiado por ello.”
Omar, al ver que María se encontraba bien luego del parto, se le ocurrió que dejarla sola con el niño y escapar era lo mejor que podía hacer para sí mismo. En su egoísmo, no pudo contemplar lo que podía pasar.
-Voy al baño. -le dijo a María.
-Está bien, amor. -contestó sin voltear a verlo, sentía un leve mareo que le atribuyó a la anestecia, no pudo evitar quedarse dormida.
“Aunque los protagonistas no lo adviertan, el verdadero fin de toda historia de amor es engendrar un niño. Por ende, lo que impulsa en realidad al hombre es un instinto orientado hacia lo que es mejor para la especia, si bien el hombre individual imagina que así procura su propio placer.” Arthur Schopenhauer
Destino, coincidencia o elección, el último pensamiento de María fue: “Parto luego del parto.”
Ese fue su tango, el que bailaron de otra manera; mientras los demás, en aquella fiesta, comenzaban el vals.
Segunda Parte del Capítulo Decimocuarto

Encontraron las cartas de Alejandro en el cajón de un hotel... Al ver a aquella muchacha entrar por el callejón que daba a la playa, vomitó. Sintió asco, ¿se volvía lo que odiaba? Pero deseaba desesperadamente estar con aquella mujer, ¿qué hacer? La siguió por el mismo callejón, pensando que así lo había hecho su padre, porque nunca supo sobre los artilugios que Omar utilizó. Vió cómo se iba alejando la figura femenina en la oscuridad... “¿Qué represento yo en este paisaje?” -pensó. Volteó a ver el mar y gritó mientras corría hacía el mismo: “¡Nada!”
El azul del mar le recordába a su madre, no comprendía por qué. Bajo una luna llena de verano, deja sola a la llamativa desconocida; no pudo tolerar imaginarse igual que su padre. Y entre arena y mar, donde su vida comenzó... terminó.