Mierda de Quetzal
"He esperado semanas para publicar este relato, el autor me dejó leerlo cuando apenas tenía la mitad escrita y me gustó demasiado. Le dije que lo terminara, pero al parecer la intermitente presión que constantemente le ponía se lo impidió, lo digo porque se tardó semanas en re-abrir el archivo para continuar. Tuve que decirle que la inspiración es 99% sudor y lo que resta es mentira; pero al fin comprendió y felizmente me lo mandó. Espero que lo disfruten tanto como yo. El increible sarcasmo y cinismo del proto-agonista (el primero que agoniza), la manera de relacionar los pensamientos con lo universal y la impresión final de un eterno retorno son sólo unas de las tantas cosas que mi amigo escondió, o eso quiero creer. Dejémoslo a la interpretación de cada quien." Oscar G. Chávez
Mierda de Quetzal.
Por David Verástegui Erosa
En un día de verano… precipitadamente me levanté, sacudí mis manos sin dirección alguna y percaté una masa espesa y gelatinosa en mi cabeza, sí, era aquella mierda de Quetzal que me cayó en la cabeza, qué si mi razón no me engaña no fue más que un sueño, ¿o fue verdad? Pero, ¿qué distingue la imaginación de la realidad? Pues la imaginación es el dato sensible del objeto; pero la realidad… la realidad… esta es… no tengo ni la remota idea de lo que es, por lo tanto la cagada en mi cabeza ya no sé si está físicamente o es un producto de mi ensoñación.
Vagamente recuerdo el estruendoso aletazo del ave a poca distancia de mi cabeza y la indiferencia que mostré, tal sacrilegio, indiferencia al ver a un quetzal volando a pocos centímetros de mi cabeza y peor aún, en medio de la jungla industrial, y que su pérfido desecho estomacal cayera justo arriba de mi nuca, esto si es algo jamás visto. ¿Será una alucinación? Pero ¿Y si fue verdad? Si mal no recuerdo, San Anselmo dijo que todo pensamiento vivido es realidad; entonces es posible que aquella mierda que cayó justo encima de mi cabeza sea verdadera, si la realidad se crea a través de los pensamientos esto es una afirmación.
Tomaré un baño, no vaya a ser que se pudra esta insolencia en mi cabeza. ¡No, no! ¡Mejor no me baño! ¿No será que es de buena suerte? Es posible que la veleidosa fortuna esté a mi favor o ¿es un presagio de las parcas, hilanderas de mi vida, para advertirme sobre mi cercana muerte? o ¿por qué no descartar la posibilidad que debido a la escasez de laureles en este desierto, los sempiternos dioses me apremien con el desecho de un ave de tal magnitud? Preferible no bañarme y conservar intacto este áureo trofeo en mis hermosos cabellos.
Me vestí sin protocolo alguno, los viejos mocasines cafés, un pantalón azul marino deshilándose de la parte inferior del encuarte, mi camiseta preferida de cuadros verdes y mi nuevo jersey que me regaló mi tía hace unos meses. Salí a la calle, a una cuadra de mi casa recordé que olvidaba mi gorro, solté un pequeño gemido de insatisfacción pues en los últimos días mi cabeza estaba en todo menos en lo que debía pensar. La señorita que caminaba a mi lado volteó su cara y con gesto de admiración y repugnancia dijo: -"¿Está usted loco? ¡Que asco de cabello, parece que tiene moho!"- A palabras necias oídos sordos -pensé, por supuesto que no respondí. Rebajarme al nivel de esta pobre pequeña sublunar que nunca entendería un mensaje de Tonantzin, sería una pérdida de tiempo. Invertí mi regreso a casa, y al girar la perilla de la puerta recordé que mi trofeo no debe de ser aplastado por un gorro, -mejor dejarlo intacto- me dije en voz baja, -no vaya a ser que el alma transmigratoria de Gautama haya reencarnado en este objeto consistente y se enfade conmigo si cometo alguna estupidez-. Me froté delicadamente el cabello y sentí una masa rara, indescriptible con palabras. Olí mi mano y descubrí que “eso” seguía en su lugar. -¡Es verdad!- grité a los cuatro vientos -¡es verdad!- Mis sentidos no me engañan ¿pero qué es verdad si no lo que no es mentira? ¿y la mentira? ¡Ah sí! Mentira son aquellos discursos mareadores de los gobernantes, pero la “verdad” no sé qué es y tampoco puedo definir la mentira. ¡Estamos a mano! Guardé las llaves en el bolsillo y proseguí mi camino.
Gente por doquier mirándome. ¿Por qué será que todos juzgan a los demás? ¿no tienen vida propia? Parece que no han observado en un espejo lo desagradable que representan sus vacuos ojos que no hacen más que criticar las actividades ajenas, ¡bah! Lo que piensen de mí me tiene sin cuidado. Si don Juan Matus no se equivoca, la importancia que nos damos debe ser eliminada; es un disfraz, una autocompasión, miedo a la autenticidad. Un guerrero no mantiene conductas débiles y por consiguiente lo que piensen de mí me es total y absolutamente indiferente. Son trivialidades de la gente común y corriente que buscan ansiosamente sus vidas perdidas en las inmundicias comerciales. ¡Y todavía se atreven a decirme que estoy loco! No puedo creerlo, me enferma tanta incredulidad. En fin, no tengo por qué gastar mi tiempo en pensar en las pobres y desdichadas vidas que me rodean.
El día estaba despejado, a pesar del desagradable humo que desprenden las viejas fábricas de la ciudad. Me dirigí al parque que está frente a la panadería, pues ahí me encontraba con Don Valentín de vez en cuando; el viejo que nadie entiende, su andar extravagante, su vocabulario rimbombante y su peculiar estilo de vida no es bien visto por la muchedumbre. Testifican que es un parásito social. Caminando por la acera los pensamientos sobre mi trofeo me perturbaban. No sabía el verdadero significado, cabe la posibilidad que Alá, metamorfoseándose en caca, quisiera que me sacrificara por un bien común, una idea un tanto incoherente, yo a Alá nunca le eh interesado, aparte que no pertenezco a su cultura. Creería más que el espíritu concupiscente de Cleopatra quiere cometer actos lascivos conmigo, o ya entrados en lujuria, que un íncubo libidinoso, deleitándose por mi belleza inigualable decida desposarme esta noche. Son demasiadas ideas las que corren por mi mente y creo que entre la imaginación y la realidad hay un trecho que no he podido comprender.
Una señora gorda, de edad avanzada, ahobachonada en una mecedora afuera de la ferretería de doña Martha no me quito la vista de encima, sentí profundamente su mirada cosificándome. Le dirigí un cortés saludo mientras ella sin gesto alguno no me quitó los ojos de encima. -Vieja desagradable- dije hacia mis adentros, -que las palabras sutiles duermen en oídos tontos- repitiendo las palabras del magnífico Hamlet. Proseguí mi camino rumbo al parque, buscando un quetzal, aunque era más que obvio que no existía tal especie en esta región; me senté en una banca y observé durante un rato el armonioso andar de las mujeres, había de todos los tamaños, colores y sabores, andando incitosamente de un lado a otro. De Pronto casi como en sueños vi frente a mí a una diosa griega, ¡Sí! Una diosa con aspecto de mortal, ¡Oh, Fortuna, Fortuna! ¡Veleidosa Fortuna! Daría mi vida entera por tan sólo un instante con esa diosa, es perfecta toda ella, me desploma el alma. ¡Bah! para qué soñar, sólo los pensamientos vividos son verdaderos. Seré un poco más objetivo, esa Afrodita jamás pondrá sus ojos en mí, mejor sería abandonar la idea. Pero la objetividad de qué me sirve si puedo ser subjetivo. Un poco de astucia a mi vida no causaría ningún disturbio.
-Muy buenos días buena mujer.- pronuncié con mi mejor entonación aunque disimular mis nervios fue imposible, claro es que ella percató el temblor de mis manos en la insolente porfía. Reaccionó a mi llamado clavando su mirada en mis ojos y pronunció después de un instante: -Buen día caballero, ¿Qué deseáis?– Mis rodillas tambalearon. Su voz era como los melodiosos cantos de los arcángeles: Suave como la espuma del mar pero tan fuerte como los muros de Jericó. ¡Loado sea el señor misericordioso! Esta ninfa es hermosa, sus ojos verdes como las praderas y su divina figura representando al Olimpo rebasan los límites humanos, es tan bella que sería inútil describirla con palabras. Creo que voy a perecer como Sémele frente al deiforme Júpiter. -Tan sólo suplícole que reciba mis plegarias con aprecio pues fue Cupido el que ha flechado mi corazón al verla balanceándose con perfecta armonía… ¿Le gustaría entablar conversación con este, vuestro humilde caballero?- Soltó un risita provocadora que dió cabida a mis perversas interpretaciones -Claro que sí caballero, muy amable de vuestra parte.- ¡Cortéjala!- Repetía mi inconciente -¡Cortéjala!- Ya para este momento mi corazón había cesado la agitación y mis nervios desaparecieron por completo.
-Querida…-
-Caballero os disculpo, faltó presentarme; mi nombre es Elena.-
-Querida Elena, le apetecería ir a mi casa que es vuestra también, a disfrutar de un agradable momento íntimo, si no es molestia para vos.- Frunció el ceño en señal de confusión, por lo tanto me di cuenta de que así no se procedía con una dama, entonces cambié el rumbo de mis palabras. -¿Cojemos?- dije sin más alarde. Se mostró excitada tras fantástica galantería y decidida a continuar con el cortejo dijo así: -Por supuesto que sí buen caballero, son vuestros deseos lo que yo más quiero en este momento.- Como un Campeón estaba dispuesto a partir junto a mi dama de compañía cuando de pronto Don Valentín con una cara de asombro me tocó el hombro izquierdo.
-Cuando yo era chico solía hacer lo mismo, hablar solo es el mejor medicamento para el alma.-
-Pe.. pe.. pero… ¿Y El.. Elena…? -Tartamudeé mirando a mi alrededor sin esperanza.
-¡Ah! Ya lo veo mi venerable, creías haber estado charlando con alguien. Suele pasar, necesitas tener más contacto con el mundo pragmático, si no el limbo te succionará, perdido entre el aquí y el allá.
-¿Qué es la realidad Don Valentín?-
-Decírtelo no podría, pero la siento correr por mis venas.-
-¿Qué tengo en la cabeza?-
-Muchas cosas, eso depende de lo que tú quieras tener.-
-¿Tengo excremento de pájaro?-
-Mucho, si no te limpias te vas a perder…-
Me despedí del anciano haciendo una reverencia. Sus pláticas me dejaban siempre igual o más confundido que antes. Corrí hasta mi casa, no quería hablar ni ver a nadie. Necesitaba pensar, pensar en todo lo que me había pasado y escribir lo ocurrido. Me vi en el espejo durante un tiempo; dientes, anteojos, orificios nasales, cabello hirsuto. ¿Es esto lo que soy? ¡Un reflejo! ¿Simples ideas e imágenes características que me distinguen de los demás? Me observaba y claramente veía la deyección del quetzal, luego pensaba que no la tenía y notaba mi cabello despeinado libre de cualquier objeto ajeno. Me lavé la cara; repetí contadas veces lo anterior y lo mismo ocurría. -¡Te estas volviendo loco!- decía una vocecilla en mi interior -¡Te estas volviendo loco! ¡Maldito venático!- Caso omiso a ideas tontas, pensé. Volví la mirada al espejo buscando algo más que la imagen, quería ver mi alma, pasaron uno, tres, cinco minutos y el insípido reflejo seguía igual, solamente mis ojos entrecerrados suplicando dormir. Devastado quedé, no sabía distinguir la realidad de la imaginación. Me fui a la cama a pensar un rato, hasta quedar profundamente dormido. Y la almohada intacta por algún excremento, igual que siempre terminó.
Por David Verástegui Erosa
Pintura de Goya

1 Comments:
Nunca había leído algo de David y este relato me ha gustado mucho. Me deja pensando en ese reflejo, en el que buscamos ver el alma. El alma no se busca en un espejo David.
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