Roberto
Lo escribí en mis tiempos de ocio estando en Berlín, Alemania. Ahora cuando lo leo, sé que era un deseo reprimido: escapar. Todavía no me preocupaba mucho por la otrografía, sus críticas son bienvenidas.

Roberto
I. Cero, Uno, Dos... El Infinito se presenta.
Todo comenzó sin que yo lo eligiera, de golpe. En un momento dado, si es que se le puede llamar un momento... mi vida, sucedió. Siempre me han intrigado las palabras, son símbolos, represantan algo, pero no explican lo que representan. Se podría decir que más bien limitan aquello que simbolizan. Podría por ejemplo escribir la palabra: “sueño”. La mayoría sabe lo que significa soñar, muchos podrían hasta afirmar que han soñado. Pero solamente saben lo que la gente conoce, lo que les han dicho respecto a esa palabra; lo que percibimos mientras dormimos por la noche no es un sueño, así se le llama, pero no es un sueño: es algo distinto. Podemos nombrar cualquier cosa: pero eso no hace que pierda sus misterios. Lo mismo podemos decir de cualquier palabra y, de la misma manera en que las “visiones nocturnas humanas” se denominaron “sueños”, a mi me nombraron Roberto. Les digo nocturnas porque esta civilización me ha educado a dormir de noche (la mayoría de las personas duerme cuando llega la noche). En esta época deben existir miles de personas con el nombre que yo llevo; pero como ya lo he mencionado, eso no roba mis misterios.
No conozco a una persona que recuerde la fecha en que nací, ni yo mismo lo sé, más eso no me impide vivir. La educación que recibí fue mediocre, ¿Pero qué cosa no lo es? Siempre existirá algo mejor, de la misma manera en que siempre existirá un número más.
He decidido pasar todo el tiempo que esté en vigilia pensando. Sí no estuviera pensando, de igual manera mi cuerpo yacería en algún lugar; y como pensar es una de las pocas cosas que sólo nosotros los humanos podemos hacer; ser lo más humano posible es lo único que me queda. En alguna parte leí que al pensar reafirmamos nuestra idea del mundo, que con el diálogo interno forjamos nuestra visión del mundo, y eso sólo nos complica la existencia; estoy de acuerdo con eso pero orgullosamente me niego a detener el flujo de símbolos que, deliberadamente, puedo provocar dentro mi cabeza puesto que una vaca hace eso durante toda su vida y muere igual que cualquier otro ser pensante. Debe haber quienes, dentro de ésta especie extraña, se sienten superiores por haber forjado mundos aparentemente impecables en su imaginación, pero éstos individuos se olvidan de un punto importante: su poder como hombres es limitado, de la misma manera en que un chimpancé jamás será capaz de utilizar un lenguaje complejo como herramienta… un hombre vivo nunca podrá salir de su cuerpo y abandonar la razón. Naturalmente tal cosa ocurrirá con la llegada de la muerte, por ende, mientras se vive con esta suerte de hombre, parece lógico abrazar nuestras capacidades con pasión para usarlas de la mejor manera posible y moldearlas a nuestro antojo. Esta ha sido mi elección y no pretendo convertirla en dogma. De hecho no pretendo algo, ni quiero algo, ni espero algo: busco nada.
La razón sólo me ayuda a no sentir que la vida que llevo pasa al azar; así me olvido de cualquier idea posible relacionada con “tener un destino”. Ayuda a contradecir esta idea: “El viento sopla, las nubes son arrastradas; el tiempo pasa, los humanos son agitados”. Ofrece un fuerte contra peso que actúa como resorte capaz de guardar energía para luego utilizarla en lo que se me ocurra.
De “Dios” ni quiero acordarme, es la idea más absurda que he escuchado en mi vida. Bien sé que la vida no tiene sentido alguno además del que le damos. No hay bases para creer en Dios, y una vida con bases invisibles no existe. Sin importar qué: moriremos. Hoy, mañana, en diez años, nosotros no lo decidimos, pero podemos creer que lo podemos prevenir. Sé que todo lo que yo haga en un futuro ya existe puesto que es inevitable, de la misma manera en que no pude hacer otra cosa más que esto... no puedo morir en un tiempo distinto al que voy a morir. Igual todos los pensamientos futuros ya existen, sólo que todavía no llegamos a ellos. Algunos dirán que existen “accidentes” o “circunstancias”, y que esas cosas convierten en falso lo que escribo, pero deben pensar un poco más y saber lo siguiente: las circunstancias ya estaban, sólo llegamos a ellas. Si estoy condenado a morir por suicidio entonces no puedo evitarlo, ¿puedo elegir no suicidarme? Sí, entonces esa elección ya existía y no era por suicidio como me iba a ir. Digo “iba” por que ya pasó. El Futuro siempre ha sido Pasado. Pasado Desconocido. De la misma manera en que no podemos cambiar el pasado, no podemos cambiar el futuro. Es una historia ya contada que no sabemos ni sabremos, sólo creeremos saberla. Sí el futuro ya existe, nosotros no pensamos, sólo creemos pensar, pero tampoco creemos… no nos queda otra opción más que aceptar el “destino” como real, aun que sea siempre una ilusión.
Mi elección de pensar ya existía. Mi muerte ya existe. Mi vida ya pasó. ¿Qué hago aquí? Bueno, tendré que decir que esa pregunta no tiene base alguna, no estamos aquí por alguna u otra razón. Ni tampoco vamos a algún lugar. Sólo somos, sin ser... un balance extraño.
La organización que lleva esta sociedad nos aísla. A veces imagino el planeta como un gran hormiguero y a nosotros como hormigas perdidas, sin saber que hacer. Podemos ver desde afuera a la raza humana. Está sola. Encerrada. Su “Gran Existencia” no es sino para ella. ¿Vale la pena mostrarle a nuestros semejantes la superioridad que gozamos ante ellos? Viene siendo igual. Eso de superioridad es lo mismo que los términos “arriba” y “abajo”: no existen, nosotros los creamos, luego los creemos. Siendo una civilización sin buenos cimientos, nos falta poco para caer; seguimos respirando todavía y por eso no nos importa.
Yo, Roberto, soy parte de esa organización. No puedo decir que sin esa organización yo no estaría aquí puesto que estoy, no existía la probabilidad de que yo no naciera puesto que nací; cualquier otra posibilidad era imaginaria. Ya que estoy aquí, quiero contar algo. Todos tenemos algo que contar, y puedo por ejemplo contarlo así:
Los dos ojos me dolían, , el brillo de la luz frente a mí era más de la que mis ojos podían soportar, no podía enfocar ni reconocer nada delante de mí, con los párpados entrecerrados lograba captar sólo algunas de mis pestañas. . Sentía mi nariz seca y un tremendo calor emanado por el sol, sus rayos penetraban en mi piel, levanté la mano hacia mis ojos lentamente, poniéndola en un punto donde aquella luz ya no se perneaba directamente a través de mis pupilas, la luminiscencia me seguía incomodando pero la sombra que produjo mi mano ayudó a que pudiera darme cuenta que estaba en lo correcto cuando pensé que mi cuerpo yacía sobre arena, no veía agua por ninguna parte, no estaba en una playa, tal vez en un desierto, me levanté, estaba desnudo, no sabía que es lo que había pasado o qué fue lo que me llevó a estar en ese lugar, mis ojos se empezaron a acostumbrar al brillo que daba el sol y mi campo visual estaba dividido en dos partes por el horizonte, por encima veía el cielo, azul, pero no era el cielo que conozco, había algo distinto en ese cielo porque podía casi asegurar que estaba hecho de vidrio. No le di importancia a esa diferencia y empecé a caminar. Me encontraba solo, moviendo los pies, me encontraba sin rumbo, tal vez caminaba en forma circular y pasaba por el mismo lugar una y otra vez, no me daba cuenta de lo que pasaba, seguí caminando, cada paso ocupaba un esfuerzo enorme, la debilidad que había en mi cuerpo era un poco menos que lo necesario para hacerme olvidar que puedo pensar...
Sí, así podría yo contarlo, pero así sólo yo lo entendería: así que lo contaré de la manera mas sencilla posible. Cada uno de nosotros desea expresarse. Algunos utilizamos el arte, otros lo reflejamos en la vestimenta y la mayoría simplemente hablamos. Ese deseo de expresión pronto se convierte en algo parecido a nuestra “personalidad”. Expresamos día con día, consciente o inconscientemente, ¿Pero qué cosa expresamos? Si lo hacemos utilizando el arte, regalamos misterios; en la vestimenta, mentiras(a menos que nosotros hayamos diseñado la ropa); y con el habla, solamente demostramos nuestra confusión. Yo quiero demostrar misterios, la confusión todos la poseemos; es sólo que la enmascaramos con pretextos. Por las noches, antes de dormir, hay quienes se dan cuenta de esto y sienten angustia, les diré que la confusión nunca nos abandona. Esa confusión crece paralelamente con nosotros, al morir, nos fundimos con ella para formar una sola línea. Pero mientras vivimos, aquella línea lejana se percibe como un hotel inmenso lleno de puertas, en el cual no sabemos por cuál debemos pasar.
II. Imaginación
¿Cómo vive un hombre que no tiene un propósito? Sencillamente no se mata; aunque quiere hacerlo. No lo hace porque sabe que de la muerte no podrá escapar, entonces, todos los sentimientos y pensamientos se vuelven sin importancia. Así el hombre espera a la muerte con ansias, por eso toma cualquier camino en la vida. Todos los caminos son iguales, uno puede ser Papa, Papá, Mamá, Millonario, Mendigo, incluso Ermitaño, cada una de esas vidas vale por igual; todas desembocarán en el mismo hoyo negro misterioso, el cual devora todo nuestro ser.
Estoy solito, así llegué y así me iré. Jamás conoceré a nadie, todos estarán siempre más allá de la niebla. El leve roce que les doy parece suficiente para mí y para los demás. Nadie me necesita, yo no necesito a nadie; pero nos juntamos de todas maneras. Y juntitos formamos historias, algunas impactan más que otras, depende a quién se la cuenten. Así que si no te impresiona o importa mi historia, te diré que a mi tampoco lo hace, el simple hecho de escribirla me templa el espíritu.
Solito y con ansias de matarme viví yo toda la vida. Me inscribieron en varias escuelas, en ellas no aprendí ni una sola cosa importante; bueno, tal vez aprendí una cosa: las escuelas no enseñan nada; somos nosotros mismos quienes nos enseñamos lo que queremos, nadie más. Así entonces me enseñé solito lo que sé. Nunca supe mi edad, fingía tener la misma edad que los que me rodeban, si me decían que tenían 20 años, entonces yo me quitaba o agregaba un año, dependiendo de la situación. No creo que alguien se haya enterado alguna vez de que le mentí, pero yo siento que no fue mentira puesto que ni yo sé la verdad... y eso si la hay. Dudo que exista esa verdad, el calendario que usamos no es sino una invención imaginaria, entonces no importa realmente qué día nací... todos los días vienen siendo lo mismo. Y así viví yo, lo mismo todos los días, obligatoriamente; aunque yo siempre consideré existentes dos puertas de escape: la huida y el suicidio. Me despertaba una voz muy bonita todas las mañanas, me seducía a levantarme y me mandaba a la escuela haciendome creer que allí encontraría solución a mi porvenir. Poco a poco me cayó encima la idea de que cada uno tiene su propio porvenir, cada cual encuentra el suyo, y fácil no es ninguno. Más adelante relataré cómo combiné mis dos puertas de escape para buscar una vida mejor, pero no pasó de ser una simple busqueda.
Cada día debía alternar de salón después de un recreo de media hora, el cual pasaba demasiado pronto para mi gusto. Y las largas horas que pasé sentado escuchando a una profesora mediocre hablar me aburrían; me emocioné al saber que no escuchaban mis pensamientos, podía yo gritarle cualquier obsenidad en la mente y ella seguía parloteando estupideces. Pronto me aburrió criticarlas, entonces me propuse pensar en cosas que ocuparan más energía. Ya no eran críticas a las maestras, eran críticas a lo que las maestras decían. Por un tiempo no pude controlar mi boca, decía cuanto pensaba y eso al parecer a mis maestras les molestaba, imagino que porque era verdad. Y nada cala más que la verdad. A todos les cala cuando les hacen tomar consciencia de su mediocridad, de su estado sin sentido y absurdo; en algunos casos hasta triste.
Desarrollé el pensamiento más allá que cualquiera de mis compañeros, rápidamente noté yo la diferencia; pero eso no les quitó nunca su valor, todos fueron importantes de la misma manera en que yo lo fuí hasta su muerte. Conocí a varios que influenciaron lo que pensaba, entre ellos varias mujeres. Ésas mujeres sólo me confirmaron que no estaba solo, que existían quienes tenían los mismos pensamientos y preocupaciones que yo. Acto seguido al saber esto aprendí a callarme, esa boca sin control ya no se abría sin mi consentimiento; ni siquiera por el consentimiento de otros. Entre más tiempo pasaba callado, más intimidaba lo que decía después. Las palabras que usaba, acumulaban poder en mi interior. Al principio jugaba con ellas de esta manera: Si juegas con palabras, las palabras jugarán contigo y cuando contigo juegan las mismas; dejan de ser las mismas para convertirse en palabras con las que juegas. Terminan aquellas por jugar contigo mientras creías que jugabas con ellas, se entiende entonces que al jugar con ellas se deja uno convertirse en juguete de las mismas. Si te revuelves jugando con ellas, recuerda que están jugando contigo, así que no te revuelvas y en juguete convierte tu mente, que si no lo ves por ese lente, te revuelves tanto que nunca vuelves. Eso por nombrar algún ejemplo, hay uno de esos juegos en especial que nunca he podido olvidar, quise decirlo muchas veces como presentación de mi persona en la escuela, pero eso era abrir la boca de más: Pueden ustedes llamarme como se les ocurra, y si se les ocurre llamarme “ocurrente” entonces aceptaré que me llamen “ocurrente”. Pueden también llamarme “nombrado” si así se les ocurre, entonces tendré que aceptar la ocurrencia de ser nombrado. Si “ocurrente” se les ocurre nombrarme, entonces ocurrente seré nombrado. Si se les ocurre nombrarme “nombrado”, entonces “nombrado” seré nombrado por ocurrente.
También me obligaron a ir a misa, allí era cuando más pensaba. Afuera de la iglesia siempre había unos cuantos mendigos tirados en el piso, pidiendo limosna. Me llamaba la atención como parecían no tener energía suficiente para moverse, pero apenas les daban lo que necesitaban se iban corriendo los malditos. Ya adentro del templo veía siempre la imagen de jesus en la cruz. Pensaba: “¿A quién le importa realmente la puta muerte de cristo? ¿Quién chingados lo conoció? Es igual que los mendigos que hay aquí afuera, parece no tener energía. Pues ¿qué no es el hijo del creador de todo? No fue más que otro hombre, igual que yo, igual que un perro. Su vida y la mia tienen el mismo valor que la de un bicho sin consciencia.”
Y como la iglesia a la que ibamos no estaba tan bien cuidada, pasaba seguido que surgieran pequeñas arañas de la nada, de pronto podías verlas caminando por tú pantalón o camisa. Siempre me ponía muy atento para aplastarlas. Adentro de la iglesia existían todavía adentro de mi ciertos pensamientos, y nunca me arrepentí de ellos: “Sólo por la consciencia creemos erroneamente que tenemos más, que somos el centro del universo. Luego todos sintiendo compasión al unisono por un muerto que se ríe de todos. ¿No ven éstos idiotas que jesus no es el único hombre que ha muerto en condiciones torturantes? Si compasión debemos tener que levanten un templo por cada judío que murió en el Holocausto también. ¿De qué serviría? Otra puta distracción. Y le digo puta porque se nos ofrece seductora y no hace otra cosa que ensuciarnos.”
Me intrigaba saber qué cosa pensaban las personas que se incaban. Nunca supe que cosa pensaban, me los imaginaba rogándole a la quimera que llaman Dios para que les diera más dinero, sexo, control sobre los demás, en resumen, cosas que no necesitan. También me los figuraba arrepintiéndose por alguna estupidez que hicieron, algún acto considerado como pecado, creyendo que se iban a ir al infierno, soltaban algunos una lagrima solitaria, se les escurría por el rostro y la mostraban al público como castigo impuesto por ellos mismos.
¿Por qué se llenan de esperanzas falsas estos cabrones? ¿Por qué entran a una iglesia y enmascaran su personalidad? ¿No saben que un ser omnipotente los puede ver hasta cuando piensan en las cosas más asquerosas? Ni que las iglesias fueran una lupa para aumentar en la visión de Dios la escencia humana; si Dios existe, él la conoce, puesto que él la creo. Aquí en un templo o en la calle, una mujer bonita causa apendejamiento por igual. A todos se les antoja la mujer de la misma manera, la diferencia yace en que mientras están dentro del templo, recuerdan a Dios y el divagar con la imaginación para ver la imagen desnuda de la muchacha les parece impuro. ¡Impuro! ¿A qué Dios le parece eso impuro? Es lo más hermoso que se hizo en el planeta, y nomás para nosotros los hombres.
Me dan ganas de ir a los templos de vez en cuando, allí siempre encuentro ideas frescas. Es el tipo de lugares en los que puedo observar las debilidades de los demás.
Hace una semana entré a una iglesia muy bonita y pensé: “Las misas duran una hora porque nadie tolera controlar sus instintos naturales por más de una hora. Muchos voltean a ver el techo. ¿Qué encuentran allí? Un techo lo pueden ver en sus casas. No tienen nada que hacer aquí. Ni aquí ni en ninguna parte. De seguro me ven tan relajado y con los pies encima de una banca y me critican, sólo porque no me ajusto a la idea del mundo que les metieron por el culo. Andan por ahí merodeando con las manos en la espalda por miedo, gritando desesperadamente con gestos su inocencia. No hay inocentes. Nuestra naturaleza impide su existencia. Luego un celular interrumpé toda esta actuación, les recuerda a éstos inútiles que existe algo afuera de estas paredes. Prenden velas como ofrenda a la virgen. Pobre virgen, si no se está quemando con la infinidad de velas que están prendidas en el mundo, lleva dos mil años tociendo del humo que procovan.”
Me encantan esos pensamientos libres de toda culpa. Así me gusta confesarme, yo no necesito de un padre, ¿qué mejor juez que yo mismo? Siempre he visto a los sacerdotes con asco, les ha de encantar escuchar las cochinadas que hacen todos los que acuden a ellos.
Cuando llegué a la adolescencia, ya aborrecía a todos los seres humanos. Todos sabían lo mismo, cada uno estaba de acuerdo con los otros sobre la realidad, y de tantas realidades que hay... decidí no tomar la suya.
III. Escape
De la misma manera en que llegué, me fuí: de golpe. Esta huída no fue fácil, tuve que esperar el momento indicado para perderme. Cuando hube olvidado que existían otras personas, la angustia que sentía... se esfumó.
No tuve un plan para desaparecer, pero sí una idea de cómo lo haría. Se me ocurrió alguna vez que mientras viajara en tren, podía dar la casualidad o la señal, de que el tren se volcara, se quemara y yo quedara como único sobreviviente en medio de algún lugar inhabitado. ¿Habrá sido una señal o mera casualidad? Pues así pasó exactamente, pero no fue tan bonito como en mi imaginación. Varios vidrios se me enterraron en el brazo derecho, unos más pequeños que otros. Había uno en especial, que tenía la forma de una “V”, una de las patas de la “V” se enterro por mi hombro(el derecho), me dolió tanto extraerlo que por él obtuve mi nuevo nombre. Tomé ese pedazo de vidrio como la segunda señal, pero una simple letra no dice mucho, así que sin esperanza esperé una tercera.
Me llegó al día siguiente, era como si algo hubiera planeado todo mi escape de la manera más perfecta, jamás hubiera logrado hacerlo por mi mismo. Tenía una cuenta de ahorros en el banco, me aseguré de vaciarla antes de subirme en el tren. Traía en mí suficiente dinero como para sobrevivir bien en un hotel de lujo durante un mes. Como nunca regresaría a mi casa, decidí no arriesgarme y dormir en un buen hotel sólo una noche. Caminé horas antes de encontrar una ciudad. Cené riquisísimo esa noche, pero solo. Dormí en una nube, pero solo. Desperté molesto, olvidé cerrar la persiana la noche anterior y la luz del sol entraba por el vidrio, se reflejaba todavía en un espejo y me daba directamente en la cara. Levanté la mano para cubrirme los ojos y me levanté. Ví a través de la ventana un nombre: “Víctor”. Ahora ese es mi nombre. No tengo ningún apellido puesto que no tengo padres, nací por accidente. Y si me preguntaban, para no complicarme el pensamiento, me nombré Victor A. Aún no sé que significa la A. La elegí por ser la primera letra del alfabeto que conozco.
Así, como Victor A. salí del hotel, con la misma ropa del día anterior. Tenía gotas de sangre en la camisa todavía, regresé al hotel y pedí que la lavaran. Ya estába limpio de nuevo. Empecé a caminar, sin rumbo... pero a la vez hacia todos los rumbos. Frente a mí se presentaban una infinidad de caminos distintos, ¿cuál escoger?
La respuesta no fue problema para mí. La encontré en una librería. Nunca me gustó leer, pero cuando tenía un problema, simplemente tomaba un libro al azar, abría una página al azar e indicaba rápidamente con el dedo un lugar al azar, ¿habrá sido al azar? Eso nunca lo sabré. El libro era de un tal Sartre que para recordarlo relacioné su nombre con un sastre. Leí lo siguiente: “Usted es libre, eliga, es decir, invente”. Jean Paul Sartre a uno de sus alumnos.” Entonces me sentí alumno del sastre, tomé su consejo y me inventé. No tenía idea de por dónde debe comenzar un hombre a inventarse, así que tomé un camión lejos de allí. Seguí mí método del “azar” para decidir a dónde ir; pero esta vez me dió miedo tomar el tren. ¿Qué hace uno ante todas los caminos que se le presentan? Pues he aquí la respuesta: Usted el libre, eliga, es decir, invente. Esas fueron mis primeras palabras como Víctor, y para mi sorpresa las repetí dos veces en el mismo día. Primero como la frase inicial de mi día, ese sería un hábito en Víctor; cada mañana, leía alguna cita, al azar, y la memorizaba, luego la pensaba durante todo el día. En el camión, un viejo venía sentado a mí lado, era uno de esos hombres que no paran de hablar, siempre plátican algo, no les importa qué. Entonces, sólo para llamar su atención, mencioné por segunda vez lo que el sastre me enseñó. El viejo se sorprendió tanto que ya no me habló en todo el camino, ¿o habrá sido que soné demasiado arrogante? Si se enojó, no lo noté. Víctor pensaba en cómo inventarse.
Nunca inventé alguna cosa, sólo cuando era pequeño diseñé un carro volador en la parte trasera de mis cuadernos escolares. Era un carro sin alas, se levantaba por magnetismo, imaginaba todas las calles hechas de imánes, así se impulsaba mí coche imaginario. Para variarle un poco a mí método, comencé diseñándo a Víctor en un folleto que encontré en el camión. El viejo me prestó su pluma, nunca se la devolví; de hecho, con ella escribo éstas palabras. Dibujé un monito hecho de líneas, volaba y lo impulsaba el magnetismo que emanaba ése sastre, Sartre, ya no lo llamaré sastre; aún que no sé quién es, a mí no me gustaría que me llamaran así.
¿Hacia dónde iba Víctor? Él no lo sabía, pero algo en su interior sí. No iba a ningún lugar en específico, su destino era más bien un concepto de sí mismo.
IV. Sobrevivir
El proceso de mí gestación fué idéntico al de las otras ratas; el de Víctor no. El no tenía madre, en todos las posibles representaciones que se puedan tomar de esa frase. Su maestro era Sartre, no era humano y su cuerpo fue de un muerto, un muerto porque así se le creía a Roberto, sus padres ya habían llorado por él, de hecho, ya no pensaban en él... lo recordaban solamente cuando pasaban por su habitación, la cual es la primera del pasillo. Al pasar por ahí repetían siempre lo mismo en su mente: “Que desgracia que haya muerto tan joven, no alcanzó a vivir. Y a nosotros nos dejó solos, él era nuestra única inversión...” Eso se repetían todos los días, solamente así lo recordaban, como una inversión que les falló.
Busco la verdad porque no la tengo; mi situación es triste: nunca la encontraré. Datos, Números, Fórmulas, Noticias, Pasos, Reglas, Colores: todos son mentira. Mis cuerpo percibe más cosas, sólo me enseñaron a identificar algunas pocas y, a su manera. Mi manera no existía; la manera de Victor. Mis sentimientos les pertenecían, cuando llamaba odio al sentimiento que esa palabra describe, era “su” odio; no el mío. Cuando le decía beso a lo que esa palabra representa, era “su” beso; no el mío. Ahora me veo obligado a usar esas palabras para destruir lo que simbolizan. Porque los odio. A todos los que me crearon a su antojo: los odio.
Escapé. Lleno de ideas falsas me fugé. Me volvieron a encontrar, ya no los mismos: otros. Otros que eran al principio diferentes, pero luego iguales que los anteriores. Podía matarme pero a la encapuchada yo de todos modos la vería más adelante. Sobreviví. Tuve que hacerlo. Llegué a una estación, quise ver su nombre pero el letrero estába roto, se leía: FR. Las siguientes letras que formaban ese nombre no estában escritas, al papel donde yacían probablemente lo arrancaron, el viento lo arrastró y con el tiempo ya no era papel, era papel viejo, papel mojado, era otra cosa que no tiene nombre, pero creanme: lo tendrá. Le pondrán un nombre para eliminarlo. Caminé por la ciudad y como no sabía qué hacer entré a una librería, agarré un libro y mi dedo me indicó dónde leer. Mi dedo cayo en el arreglo de letras que forman la siguiente palabra: “respeto”. Decía más delante “universal a la filosofía”. “Respeto universal a la filosofía”. ¿Filosofía? ¿Qué sabía yo de ella? ¡Nada! Sólo tal vez aquello que me enseñó Sartre, que para mi gusto no era filosofía puesto que siempre la imaginé tan difícil que según yo, sabía, jamás iba a comprender una pizca de filosofía.
Entonces aquí en FR Víctor debía respetar universalmente a la filosofía. ¿Cómo respetar algo que no se conoce? Según yo, hay que conocer muy bien algo para respetarlo. Busqué en un diccionario de la nueva lengua lo que significaba: “rama del conocimiento o estudio académico que se encarga de examinar systematicamente conceptos básicos tales como la verdad, existencia, realidad, casualidad y libertad”. Víctor, impulsado por el magnetismo que emanaba Sartre, debía respetar ahora una rama del conocimiento.
¡A la mierda con la filosofía! No me escapé para respetar esa pendejada. Yo me escapé para ser libre, en éste momento debo procuparme por otras cosas, no por la filosofía. Así terminé pensando, y la filosofía desapareció de la cabeza de Víctor para siempre. Mi libertad se traducía a unos cuantos billetes en el mundo ordinario, pero en el universo los límites sólo los forjaba mi cuerpo. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué va a hacer Victor? Pensé para mis adentros:
-Víctor –inquirí- ¿te gustaría llegar a ser presidente?
-¿Para que?
-No sé, tal vez ellos son felices. Y como ellos son felices así, nosotros conquistaremos la felicidad.
-Creo que estás mal. Yo no sería feliz siendo presidente. Además ¿qué no controlan a los presidentes otras personas? ¿qué no seríamos un muñeco para otros?
-Tienes razón, Víctor. Mejor vamos a pensar en otra cosa.
Miré a mí alrededor, ví pasar doctores, abogados, estudiantes y hasta a un detective. Se me presentaban todas las opciones existentes, con un poco de esfuerzo, podría llegar a cualquiera de ellas. Pero todas me aburrirían, lo sabía desde el principio. Siempre quise tener tiempo libre, solía esperar con ansia a que llegaran las vacaciones en la escuela. Llegaban y creía ser libre. Salía con mis amigos a hacer nada ó muy bien me quedaba acostado todo el día dejando que la televisión me programara. Todas las vacaciones hacía eso. Ahora no puedo regresar a la televisión ni a mis amigos, esas dos opciones dejaron de existir mucho antes de mi escape. Ahora ya no tenía ninguna opción disponible, podía dormir y trabajar...
Trabajé en una librería durante algún tiempo. Era un fracaso como negocio, entraban más moscas que clientes, lo más que llegué a vender en un día fueron dos libros. Pasaba horas sentado esperando que llegara alguna persona, pero los libros eran mis únicos acompañantes. Se me ocurrió leer, siempre me había dado pereza hacerlo... de hecho, agarré de mala gana el primer libro que encontré: “El lobo estepario” de Hermann Hesse. Me senté y leí. Avancé una sola página en todo el día, las moscas me distraían, las seguía con la mirada para averiguar lo que hacían. Y así mi visión pasó de palabras a moscas y de moscas a palabras; leí hasta la página diez el segundo día y, el hábito que Víctor debía seguir para aprender una frase al día se me olvidó.
En mi desesperación pensé: “¡Y voy a cavar mi propia tumba! ¡Porque sé que la que me vayan a cavar cuando me muera será una hipocrecía! Sonreirán, se creerán por encima de mí por estar sobre la tierra y no bajo la misma como yo. ¡Ay! ¡Me quedé solito!”
Yo me había buscado la soledad. Yo no necesitaba a nadie, ¿o sí?
Pero yo ya era dos personas, era Víctor y a la vez Roberto. Tal vez mi cabeza formó la parte que le faltaba a Roberto conceptualizandola como Víctor y materalizandola con el escape. Eran dos que sabían lo mismo, una sola mente en dos. ¿Cómo debían ahora actuar? ¿Qué debían hacer mientras esperaban la muerte? Roberto la seguía esperando, pero se decía a sí mismo: “No moriré mientras pueda vivir.” Y Víctor le apoyaba puesto que si Roberto moría... Víctor también y a Víctor eso le causaba un gran temor, cuando Roberto tomaba las riendas Víctor se asustaba, pero a Roberto le gustaba obedecer mientras Víctor controlaba.
Y así llegamos a un acuerdo que no requiere palabras, por la particular razón que no hubo palabras para realizar el acuerdo, simplemente existió; fue como si el inconsciente de ambos lo hubiera formado.
Víctor era quien debía formar el futuro, inventarlo. Así lo hizo, Roberto solamente cedió. Encontraron un viejo restaurante por entre algunas callejas y les dieron trabajo, bueno... le dieron el trabajo a Víctor, tuvo suerte de que no le pidieran algún papel de identificación. Víctor no tenía nacionalidad y existía sin existir. Nadie a excepción de Roberto lo conocía, pero Roberto ya pocas veces regresaba a molestar. Trabajó allí durante dos años, y, Roberto, en su cabeza ya no sabía quién era, si Víctor, ó Roberto, el pobre tonto se creía tanto ser Víctor que se olvido de Roberto y ya no había confusión al respecto. Era Víctor y ya, Roberto era un pasado extraño, el cual él no había elegido, simplemente había sucedido. Ahora era su elección existir como Víctor, se había inventado. Siguió el consejo de Sartre y en el proceso se dió cuenta de cómo todas las vidas son igualmente valiosas: desde una cucaracha hasta él mismo junto con todas sus ideas locas de ser dos personas. Ni así valía él por dos. Era Víctor y era Roberto, pero a la vez era todo. Pero explicar la naturaleza de éste hombre no es lo que quiero hacer, sino describir su invento; así que olvidemos cualquier cosa que tenga que ver con su análisis y volvamos a nuestro relato.
V. Ensueños
-Víctor, necesito que atiendas a aquellos clientes; son unos viejos amigos, así que tratalos muy bien. –dijo entonces el jefe del restaurante.
-Claro que sí –contestó Víctor con una mueca de sorpresa- pero, ¿por qué me lo advierte? ¿cuándo he sido yo descortes?
-Dejate de pendejadas y vete de aquí.
-¡Pues puta madre! ¿no puede uno hacer una pregunta?
-¡Una palabra más y te me largas de aquí!
-Mire, yo no quize hacer nada para ofenderlo ni mucho menos para hacerlo enojar, yo sólo le pregunté una duda que surgió derrepente y usted volvío esa dudita en una dudota. Ya no le dé importancia, ni a mí me importa su respuesta; métaslea por donde quiera.
-¡Hijo de la chingada! ¡Vé de una buena vez a atender a aquellos cabrones!
-¿Cabrones? ¿No eran sus amigos?
-¡No mames! No puedes dejar de hablar, ¿verdad? Te voy a venir cosiendo esa boquita mientras duermes, para que sólo obedezcas ordenes y te dejes de pendejadas.
-Nah, viejo loco. Quédese hablando solo. –Víctor chasqueo la lengua y se encaminó hacia sus “cabrones” clientes.
Iba el loco éste tan ensimismado que cuando llegó con los cabrones se desató una pelea.
-¿Qué les puedo ofrecer cabrones? –dijo Víctor sin titubear, con toda seguridad de sí mismo.
-¿Cabrones? ¿Es ese el trato que nos van a dar en el restaurante de nuestro viejo amigo Lalo? –contestó secamente quien parecía ser el cabecilla de ese grupo de cabrones.
-Me dijo el sapientísimo señor Lalo que les dijera a ustedes “cabrones” –agregó Víctor sin temor- porque no son otra cosa más que eso: una bola de cabrones.
-¡Ése hijo de la chingada! ¿En serio dijo eso? –volvío a hablar el cabecilla.
-Pues claro, yo sólo sigo ordenes –afirmó el loco.
No quiero ni decir lo que pasó después. Basta con resumir que Víctor renunció de esa manera a su trabajo pues Lalo quedó con un ojo morado y muy adolorido. Jamás volvió a saber algo de Víctor, pero esperaba con ansias el día que lo viera pasar por la calle para darle su merecido.
-¡Ay! Pinche piedra jodida... –decía Víctor en voz alta después de haber pateado una roca que según podía juzgarse, de una patada saldría volando. Sorpresa que se llevó cuando esta nisiquiera un milimetro se movió y uno de los dedos del pie se le rompió.
Mientras caminaba al hospital pensaba: “¿Yo? ¿El alumno de Sartre rebajándome a esos niveles haciendo aquel teatrito en el restaurante? Pues así es... Pero al menos ya tengo un poco de dinero y me puedo dar el lujo de hacer lo que quiera. La verdad me da gusto que le hayan dado una paliza al idiota de Lalo, se lo merecía. Pero bueno... he aquí el hospital.”
-Buenos días señorita –se dirigió hacia la mujer detras del mostrador en Urgencias dentro del hospital- creo que se me rompió un dedo, ¿qué hago?
La secretaria no dijo una sola palabra, seguía tecleando en la computadora un e-mail muy importante que era para su novio. Había olvidado ya el trabajo, nisiquiera esuchó a Víctor.
-Disculpe señorita, ¿puede usted por favor hacerme caso? –dijo Víctor impaciente.
Mientras tanto, en la mente de la secretaria no existían los sónidos, existía solamente el fluido de palabras que producían sus dedos al presionar aquellos botones que hacían un ruido terrible pero pasaba desapercibido por todos los presentes puesto que en una sociedad moderna, ya nadie le presta atención a esas cosas tan comunes.
Víctor inclinó un poco la cabeza y exhaló fuertemente parte del aire que almacenaba en sus pulmones, parpadeó lentamente, casi sintiendose el rey del universo y chasqueó la lengua produciendo un sonido de disgusto. Ese sónido sí fue percibido por la secretaria y dirigió su mirada hacia ése individuo molesto.
-¿Qué se le ofrece?
-Creo que me rompí un dedo.
-Siéntese en una de esas sillas porfavor.
-¿Para qué?
-Los doctores están por el momento ocupados, hagame el favor de esperar ahí sentado.
Obviamente los doctores no se encontraban ocupados, leían en su oficina su correo electrónico como todos los demás, esto era para ellos una buena ocupación del tiempo que pasaban en la oficina. A la secretaria simplemente le dió pereza atender a Víctor, y hasta que termino de escribir su e-mail recordó que tenía un cliente.
-Pase ahora sí porfavor.
Víctor se levanto de la silla y atravezó una puerta por la cual esperaba ver que saliera otro paciente como prueba de que los doctores estaban ocupados. No salió ni una sola persona y esto lo hizo dudar, pero al cabo de un momento se le olvidó todo ese asunto. Entró en un consultorio pequeño donde un doctor chaparro y pelón le atendió. Al entrar, éste apagó la pantalla del monitor y miró con curiosidad a su paciente.
-Buenas tardes. ¿Qué es lo que tiene?
-Creo que me rompí un dedo.
-¿Cuál de sus veintiuno?
-¿Veintiuno?
-Estoy jugando, ¿qué dedo se rompió?
-Creo que el gordo del pie derecho.
-Bueno pues salga por esa puerta y camine hacia su izquierda, al topar con una pared de vuelta a la derecha y verá un anuncio que dice “Rayos-X”. Hagame el favor de pedir una radiografía de su pie izquierdo junto con todos sus dedos. Los del pie. –agregó éste mientras reía.
Víctor salió del consultorio confundido, pero esa confusión no tardó en convertirse en furia...
-Necesito una radiografía de mí pie izquierdo –dije impaciente.
-¿Qué doctor lo atiende?
-No sé cómo se llama, es bajito y calvo.
-Ah, ése es el Dr. Ernesto Fernandez
-Ése debe ser... ¿y la radiografía?
No es necesario describir todo el proceso que creo una fotografía; obviamente la enfermera o estudiante que se la tomó era la hija del Dr. Fernandez puesto que llevaba ese apellido escrito en su uniforme. Así que la Srta. Fernandez no hizo su trabajo de muy buen gusto, ¿Pero quién lo haría después de escuchar a un extraño ofender a su padre?
Con las radiografías en mano, Víctor salió de “Rayos-X”, directamente con el tal Ernesto.
Esa chava es muy bonita, lástima que sea la hija del Dr. Fernandez... –pensó para sus adentros la persona que ahora habitaba el cuerpo de Roberto.
Sus pensamientos se vieron súbitamente interrumpidos por una voz.
-A ver... déjeme verlas. –habló el pelón.
En fin, Víctor terminó con el pie enyesado. Salió del hospital con una cara de satisfacción puesto que según él descansaría, y así lo hizo por unos días. Encontró una habitación en renta y se instaló. Ya no sabía que hacer el pobre Víctor con su vida. Se le atoró la vida en el mismo punto que a Roberto. Ya vivía con ansias de morir.
¿Qué cosa hago yo en este cuerpo? ¿Por qué no me mato? Bueno... ciertamente no tengo las agallas para hacerlo, el miedo que le tengo a la muerte es tanto como la confusión que me llega al imaginar lo que será de mí conciencia cuando muera. Ya la verdad no sé que hacer. ¡Maldición! Tengo dinero, un lugar donde dormir y el tiempo que le quede de vida a este cuerpo.
Víctor entró en una gran depresión a continuación, pasaba más tiempo dormido que despierto y vivía en sus sueños. Luego de varios meses despertando sólo para comer e ir al baño, Víctor ya no sabía si los sueños que tenía eran reales o no, se perdía en ellos y algunas veces hasta tenía un bonito sueño lúcido. Comenzó por anotar sus sueños en una libreta, le puso de título: “¿Vida o Sueños?”. Así se lee el último que escribió.
Esta tarde, mientras dormía, tuve el sueño más lúcido que he tenido en todo este tiempo. Me ví a mí mismo en una isla pequeña, en ella sólo había algunas palmeras y el cielo estába muy nublado, comenzaba una tormenta. Todo a mí alrededor se volvió gris y los relámpagos fueron la razón por la cual una leve parte de mi conciencia pudo entrar a ese misterioso mundo de ensueños. Recordé inmediatamente que me encontraba dormido, intenté recordar mi nombre pero no podía, pude recordar una ”R” y una “V”. Caminé hacia la playa y en la arena humeda escribí con el indice las dos letras, una encima de la otra. Sin esforzarme recordé los dos nombres derrepente, y con mí dedo completé en la arena lo que antes empezé. Al instante desperté. Lo impresionante es que no desperté en el mundo ordinario, sino en otro sueño. Seguía igual de consciente que en anterior, ahora ya no estába en la isla, me encontraba flotando en mar abierto, la tormenta seguía y sentía que me ahogaba. Ví a otra persona flotando a unos cuantos metros y nadé hacia ella. Era yo, o Roberto... lo noté cansado y me dijo: “Aquí, en el mar de tu mente... moriré ahogado en este instante. Y así lo harás tú próximamente, esta vez no podrás escapar.”
Oscar García Chávez
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home